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Gracia y belleza
 


S
egún y cómo, hay que tener cuidado con la palabra amor. En realidad, hay que tener cuidado con algunas palabras que, precisamente por sernos tan necesarias, se utilizan para etiquetar otros conceptos. Así, amor por sexo, paz por sometimiento, solidaridad por vanidad, celebración por consumo. Acabo de recibir un catálogo de lencería con un deshabillé navideño de nombre “generosa”. Tanto el sexismo que encubre la palabra, como las posibilidades de que una mujer real encaje en esas prendas, como último mito importado que asocia Navidad con carreras por la casa en ropa interior roja, como el consumismo inherente darían para una columna altamente vitriólica. Pero con ello sólo nos quedaríamos de nuevo en la superficie de las cosas, yo un poco más satisfecha por lucir mi ironía, algunos con una sonrisa en los labios, otros con resentimiento. Y es Navidad, la época en la que en el mundo cristiano se hacía una tregua en las guerras cuando la humanidad aún no había perdido del todo la conexión con lo sagrado.

Durante mucho tiempo a mí también me pareció una hipocresía. Militaba en el bando de los que argumentan que ni la paz ni el amor tienen fecha fija. Impecable argumento para los que aman siempre, pero una pobre disculpa para los que ni siquiera lo hacen esa única vez. Hace falta mucha humildad (otra palabra mal usada) para admitir una tregua, tanta como para reconocer que tu vida transcurre en el conflicto y la escisión. Y sin embargo, las treguas sirven para poder captar la gracia y la belleza del mundo. Cuando conseguimos salir de la rueda y aquietar el miedo que da no sentir vértigo, ni certezas, ni hostilidad, podemos percibir, muy levemente, el latido de un corazón en calma. Es el mismo que yace bajo todas las formas, la puerta a lo sagrado que hemos ido olvidando pero a la que siempre podemos regresar. Y tras ella cabe todo, desde la misa del Gallo con la familia a las carreras por la casa embutidas en el modelo “generosa”; desde abrir el corazón al sufrimiento ajeno a honrar la buena suerte disfrutándola sin reservas. Porque en la Fuente no hay etiquetas: de eso se trata.

Como la exposición a las radiaciones, las incursiones a lo sagrado nunca son en vano. Aunque pasada la tregua caigamos de nuevo en la trampa de nuestras máscaras, el rastro de maravilla nos acompañará, ignorado pero real, para hacerse más fuerte en la próxima ocasión. A veces, esa humilde avanzadilla a la Gracia es lo único que podemos hacer. Pero, por eso mismo, es bastante. Feliz Navidad.



Luisa Cuerda 
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Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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