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Hui Jié
 


S
u nombre significa “inteligencia destacada” en un país en el que los nombres son augurios, por lo que llamar a una niña Dolores o Angustias, como aquí, sería considerado cosa de locos. Se lo pusieron unos funcionarios de un pueblo del norte de China llamado Wu Wei, como el lema taoísta. Hui Jié apareció en la puerta de la institución con la herida del ombligo recién curada, al día siguiente de nacer. Sin marcas ni mensajes. Envuelta en una chaqueta guateada y una toquilla, que son el único testimonio de que alguien la trajo a este mundo. Eso fue hace un año, mientras en España, aproximadamente por esas fechas, Ángel y Marta decidían adoptar una hija.

Hui Jié ha ido creciendo a lo largo de todo este tiempo cubriendo las inmensas distancias que se cubren en la infancia: distinguir los colores, mantenerse sentada, coger las cosas con las dos manos, reconocer la voz de la cuidadora. Ángel y Marta han visitado notarios, han probado que no tienen antecedentes penales, han sido examinados por psicólogos y han desnudado sus economías ante los encargados de decidir su futuro inmediato. Hace cuatro meses, Hui Jié posó ante un fotógrafo vestida con su mejor ropa y con un punto rojo pintado en la frente, sobre ajnachakra, el lugar de la clara visión. Se reía con su boca aún sin dientes y sujetaba con su mano rolliza un pequeño aro de plástico. Esa foto fue lo primero que sus padres vieron de ella, junto con un informe en el que les detallaban cómo había empleado su hija sus primeros ocho meses de vida. Desde entonces, Ángel y Marta preparan maletas, escuchan consejos, aprenden el complicado uso del calienta biberones, deciden el nombre de Teresa e intentan prepararse para lo que nadie está nunca preparado: el momento de recibir en los brazos el resto de tu vida encarnado en una criatura para la que todo es posible aún.

Es una de las muchas historias que suceden entre países como el nuestro y aquellos donde los niños se han convertido en un lujo imposible de mantener. Uno de esos hilos invisibles que, según los chinos, unen a las personas destinadas a encontrarse, otra cara más de una inmigración silenciosa que contribuirá, espero, a abrir nuestras mentes hacia la otra inmigración. Ojalá Teresa Hui Jié y los demás nos enseñen que, igual que no hay diferencia entre los hijos de la sangre y los de la voluntad, tampoco la debe haber entre los que nacimos en este lado de la suerte y los que han dejado atrás todo su mundo para construir junto a nosotros una vida digna.

Luisa Cuerda 
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Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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