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Geometría básica
 


Es un hecho constatable a lo largo de la historia que en este mundo hay personas que se sienten con derecho a enfadarse más que otras. Sucede en las parejas, en las familias, en las comunidades de vecinos, en los conventos, en los cuarteles y en las asociaciones. Sucede en las orquestas, en los equipos de fútbol y en las reuniones de amigos. Y sucede también en la política, para qué vamos a engañarnos.

Los motivos que asisten a esas personas están hoy fuera de mi alcance, pero si me remonto a los tiempos en los que yo formaba parte de ellas, recuerdo una confusa amalgama de impulsos que me gritaba, desde lo profundo de mis vísceras, que yo tenía “la” razón. Lo que ahora me resulta muy curioso es que esa convicción me llevase a cometer actos tan poco razonables como descalificar, insultar o amenazar. Yo entonces no sabía geometría y por tanto ignoraba que la distancia entre A y B es la misma que la que hay entre B y A, por lo que en principio tanto podía enfadarme yo con ellos como ellos conmigo. El que no lo hicieran era, para mí, una prueba más de que la razón estaba de mi parte, ya que si tuvieran tanta razón como yo, se enfadarían al menos lo mismo.

Hasta que me encontré con alguien que se enfadaba conmigo muchísimo más de lo que yo me había enfadado nunca con nadie. Esa persona mostraba su desacuerdo con mis ideas atacándome a mí con una saña sólo superada por sus nefastos vaticinios, su menosprecio de todo lo que me concerniese y su malicia al interpretar todos mis actos. Por lo que, consecuentemente, tenía que ser alguien con muchísima más razón que yo.

Sin embargo, ni sus amenazas ni sus insultos consiguieron convencerme de sus ideas; es más, contempladas a través de ellos, estas se diluían en una tormentosa mezcolanza de intereses privados que poco tenían que ver con la cuestión tratada. De lo que deduje que ese ser furibundo no tenía tanta razón como necesidad de tenerla.

Por eso considero que las personas que vociferan, amenazan y tergiversan llevando la confusión a los más ingenuos no son sólo una lacra sino una oportunidad de contemplar en qué nos convertimos cuando nos dominan la soberbia y el miedo. No tengo recetas para tratar con ellas en el ámbito privado: la rabia suele originarse en el desamparo y de eso todos tenemos lo nuestro. Pero como ciudadana de un país que es tan mío como suyo aunque no lo vaya gritando por la calle, sí me atrevo a sugerir que, en el ámbito público, comencemos a darles la espalda.

Luisa Cuerda 
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Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 
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