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Es
un hecho constatable a lo largo de la historia que en este mundo hay personas
que se sienten con derecho a enfadarse más que otras. Sucede en
las parejas, en las familias, en las comunidades de vecinos, en los conventos,
en los cuarteles y en las asociaciones. Sucede en las orquestas, en los
equipos de fútbol y en las reuniones de amigos. Y sucede también
en la política, para qué vamos a engañarnos.
Los motivos que asisten a esas personas están hoy fuera de mi alcance,
pero si me remonto a los tiempos en los que yo formaba parte de ellas,
recuerdo una confusa amalgama de impulsos que me gritaba, desde lo profundo
de mis vísceras, que yo tenía “la” razón.
Lo que ahora me resulta muy curioso es que esa convicción me llevase
a cometer actos tan poco razonables como descalificar, insultar o amenazar.
Yo entonces no sabía geometría y por tanto ignoraba que
la distancia entre A y B es la misma que la que hay entre B y A, por lo
que en principio tanto podía enfadarme yo con ellos como ellos
conmigo. El que no lo hicieran era, para mí, una prueba más
de que la razón estaba de mi parte, ya que si tuvieran tanta razón
como yo, se enfadarían al menos lo mismo.
Hasta que me encontré con alguien que se enfadaba conmigo muchísimo
más de lo que yo me había enfadado nunca con nadie. Esa
persona mostraba su desacuerdo con mis ideas atacándome a mí
con una saña sólo superada por sus nefastos vaticinios,
su menosprecio de todo lo que me concerniese y su malicia al interpretar
todos mis actos. Por lo que, consecuentemente, tenía que ser alguien
con muchísima más razón que yo.
Sin embargo, ni sus amenazas ni sus insultos consiguieron convencerme
de sus ideas; es más, contempladas a través de ellos, estas
se diluían en una tormentosa mezcolanza de intereses privados que
poco tenían que ver con la cuestión tratada. De lo que deduje
que ese ser furibundo no tenía tanta razón como necesidad
de tenerla.
Por eso considero que las personas que vociferan, amenazan y tergiversan
llevando la confusión a los más ingenuos no son sólo
una lacra sino una oportunidad de contemplar en qué nos convertimos
cuando nos dominan la soberbia y el miedo. No tengo recetas para tratar
con ellas en el ámbito privado: la rabia suele originarse en el
desamparo y de eso todos tenemos lo nuestro. Pero como ciudadana de un
país que es tan mío como suyo aunque no lo vaya gritando
por la calle, sí me atrevo a sugerir que, en el ámbito público,
comencemos a darles la espalda.
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