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No
es extraño que sea violenta la reacción de los violentos;
cuando durante generaciones se ha identificado fiesta con sangre; cuando
la hombría ha tenido que demostrarse participando en ritos de exceso
y jaleando abusos y la aceptación de las mujeres en la tribu ha
traído más exceso y más brutalidad; cuando se identifica
el amor patrio con el conformismo ante degradantes costumbres y los intelectuales
del rincón reinventan cada año el ridículo para justificarlas,
es de esperar que cuestionarlas produzca una reacción airada.
La primera razón de las fiestas fue la necesaria catarsis de una
comunidad sometida a normas implacables. En épocas de miseria y
de rigor era imprescindible un día de pactada desinhibición,
cuando la dureza de la vida exigía un animal que expiase el rencor
que no podía dirigirse a nadie más sin temor a un castigo
terreno o ultraterreno. Eran tiempos feroces que se fueron, pero cuya
fiesta, como una excrescencia del pasado despojada de sentido, nos embrutece
cada año un poco más.
Por eso no es una provocación manifestarse en contra de estos ritos
desfasados. Es, por supuesto, un derecho, y para muchos un deber. Y, aunque
las primeras veces esas manifestaciones conciten rabia y amenazas, es
cuestión de tiempo que, poco a poco, vaya cayendo por su peso la
obsolescencia de esa sangre derramada a fecha fija con pretensiones de
tradición y hastío de borrachera.
Sin embargo, no creo que a nadie se le haya convencido nunca de nada insultándole,
así que no creo que imprecando a los que celebran sus fiestas cebándose
en un animal vayamos a disuadirlos de nada. La cosa no va tanto con ellos
como con un sistema al que le ha llegado la hora de desaparecer. El tinte
sanguinario de nuestras fiestas no terminará porque de nuevo nos
enfrentemos en dos bandos, sino sólo cuando el fanatismo vaya quedándose
sin fuelle, reflejado en nuestra tranquila presencia disconforme. Se trata
de decir no y luego resistir ante las previsibles reacciones con la ecuanimidad
del que sabe que cuando la compasión aparece en escena los días
de la violencia están contados. Pues si hoy podemos permitirnos
decir no a esta es porque, a lo largo de tiempo, otros prepararon el camino
diciendo no a otras tantas con su presencia y su coraje. Si lo vemos así
no nos situaremos enfrente de nadie sino a favor de los hijos de todos,
que heredarán el mundo que seamos capaces de darles.
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