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Fiesta
 


No es extraño que sea violenta la reacción de los violentos; cuando durante generaciones se ha identificado fiesta con sangre; cuando la hombría ha tenido que demostrarse participando en ritos de exceso y jaleando abusos y la aceptación de las mujeres en la tribu ha traído más exceso y más brutalidad; cuando se identifica el amor patrio con el conformismo ante degradantes costumbres y los intelectuales del rincón reinventan cada año el ridículo para justificarlas, es de esperar que cuestionarlas produzca una reacción airada.

La primera razón de las fiestas fue la necesaria catarsis de una comunidad sometida a normas implacables. En épocas de miseria y de rigor era imprescindible un día de pactada desinhibición, cuando la dureza de la vida exigía un animal que expiase el rencor que no podía dirigirse a nadie más sin temor a un castigo terreno o ultraterreno. Eran tiempos feroces que se fueron, pero cuya fiesta, como una excrescencia del pasado despojada de sentido, nos embrutece cada año un poco más.

Por eso no es una provocación manifestarse en contra de estos ritos desfasados. Es, por supuesto, un derecho, y para muchos un deber. Y, aunque las primeras veces esas manifestaciones conciten rabia y amenazas, es cuestión de tiempo que, poco a poco, vaya cayendo por su peso la obsolescencia de esa sangre derramada a fecha fija con pretensiones de tradición y hastío de borrachera.

Sin embargo, no creo que a nadie se le haya convencido nunca de nada insultándole, así que no creo que imprecando a los que celebran sus fiestas cebándose en un animal vayamos a disuadirlos de nada. La cosa no va tanto con ellos como con un sistema al que le ha llegado la hora de desaparecer. El tinte sanguinario de nuestras fiestas no terminará porque de nuevo nos enfrentemos en dos bandos, sino sólo cuando el fanatismo vaya quedándose sin fuelle, reflejado en nuestra tranquila presencia disconforme. Se trata de decir no y luego resistir ante las previsibles reacciones con la ecuanimidad del que sabe que cuando la compasión aparece en escena los días de la violencia están contados. Pues si hoy podemos permitirnos decir no a esta es porque, a lo largo de tiempo, otros prepararon el camino diciendo no a otras tantas con su presencia y su coraje. Si lo vemos así no nos situaremos enfrente de nadie sino a favor de los hijos de todos, que heredarán el mundo que seamos capaces de darles.

Luisa Cuerda 
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Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 
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