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Eneatipo 1: la ira
 

Ira, vieja amiga, te reconozco. Eres la que gritas para ocultar la dolorosa sensación de soledad y de fracaso. Te eriges en airada protectora, en adusta compañera que cambia la dulzura del consuelo por la consoladora hostilidad. Ira, vieja amiga, mis más lejanos recuerdos están ligados a ti. Te necesitaba desesperadamente para poner orden en un mundo que no era el que esperaba. Aliviaste mi soledad con tu eficacia, mi desamparo con tus normas impecables. Hicimos un mundo donde todo era como tenía que ser. Ira, vieja amiga, cuánto vértigo sentimos ante lo que no comprendemos. Cuánta rabia ante la blandura, la pereza, la inexactitud... todas esas cosas a las que un día renunciamos y que una y otra vez asoman en la sonrisa despreocupada de aquellos que nos abandonan en nuestro mundo perfecto porque lo que les damos no les basta. Ira, vieja amiga, qué rabia y qué dolor nuestro aislamiento.

Ira, vieja amiga, te necesito. Solo tú me salvas de claudicar ante lo que no entiendo. Y sin embargo, en nuestra íntima unión no deberías ser tú quien llevase las riendas. Ocupada en no sufrir te he dejado a ti la ingrata tarea de dirigir mi vida. Porque tú no tienes por qué saber cuándo parar ni ante quien allanarte. Tan cierto es eso que, sea cual sea el objeto de tu indignación, siempre acabas, aunque no lo sepas, volviéndote contra mí.
Ira, vieja amiga, procuraré que eso no vuelva a pasar. Ocuparé mi lugar, traduciré tus diatribas como saben traducir al otro los que se aman, tomaré de ti la fuerza más que el resentimiento, la lucidez más que el sarcasmo, el rigor más que la tiranía. Tal vez entonces prefieras llamarte coraje.

Ira, vieja amiga, no temas desaparecer cuando eso suceda. Ya no serás tú quien dictará mi conducta, pero me acompañarás como lugarteniente en la aventura de descubrir la vida más allá de nuestras normas. Me ayudarás a distinguir lo que me conviene, me recordarás cómo ser fiel a mis opciones, disfrutarás conmigo de la fraternidad entre los que son diferentes a nosotras. Y aprenderemos tantas cosas de ellos que tal vez nuestro mundo perfecto se llene de colores que no imaginábamos, de alegrías sin justificación, de esa belleza que no sabíamos atrapar porque residía en lo que llamábamos imperfecto. Tal vez descubramos, compañera, que nuestro mundo perfecto no era más que una intuición ingenua y desamparada de la Maravilla que siempre nos rodeó esperando, pacientemente, a que encontrásemos el valor suficiente para abrir los ojos y mirar.

 

Por Luisa Cuerda
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Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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