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Dual
 


C
risis de la pareja, decimos, porque con referencia a hace cincuenta años hay muchos matrimonios que se divorcian. Pero la mayor parte de las veces, a cada divorcio le siguen dos nuevas convivencias, las que inician los antiguos cónyuges con otras personas. Yo no hablaría, pues, de crisis de la pareja, al contrario. Está muy claro que lo que más nos gusta a la mayoría es vivir en pareja, pues a pesar de las reiteradas y dolorosas rupturas lo seguimos intentando de nuevo durante toda nuestra vida. Hasta los más cínicos o los más pusilánimes sueñan secretamente con el “amor verdadero”, como muy saben ellos. Ser “singular como el sol y la luna”, en frase de los antiguos, no es algo que uno decida después de la enésima bronca con la enésima persona, o a lo que uno se resigne luego de un abandono, sino el premio por haber superado con sobresaliente la importante asignatura de vivir a dos; y la mayor parte de nosotros no nos encontramos, precisamente, en ese nivel.

Otra cosa es que estemos a la altura de nuestros deseos. Los que hemos bajado de la red determinados juegos de ordenador, sabemos que el sistema permite jugar gratis durante cierto tiempo con lo que se llama la “demo”. Y que, cuando ese tiempo expira, se nos ofrece la posibilidad de comprar el juego. Si no queremos o no podemos hacerlo, esa “demo” se desvanece en nuestra pantalla. Podemos, siempre, buscar otra “demo”, con la que a su tiempo nos ocurrirá lo mismo. Porque la única manera de disfrutar todas las posibilidades del juego es, primero, decidirse por él, y después, aprender a jugar.

Hay en el mundo grandes aficionados a las “demos” que se felicitan por su astucia al conocer tantos juegos gratis. Hay quien, por el contrario, compra el juego sin siquiera saber de qué va, sólo por su nombre, por su apariencia o porque se lo han recomendado y ahí lo deja, sin siquiera abrirlo pero suyo. Hay quien paga, juega lo mejor que sabe y, si encuentra el asunto difícil, se desespera y cambia de juego. Hay quien, por lo mismo, cree que no sabe jugar. Hay quien se estanca y repite una y otra vez las mismas estrategias sin pasar de nivel. Y hay quien juega el juego hasta el final, superando dificultades, desalientos y malos humores, hasta llegar a ser un maestro. Como siempre, hay en este mundo sitio para todos y ninguno es mejor que otro porque para disfrutar de un juego lo importante es aceptar nuestro lugar.

Por lo tanto, nada es obligatorio. No tenemos por qué vivir siempre en pareja, ni renunciar a ella, ni siquiera hacerlo bien. Pero es muy importante que nos atrevamos a estimar la distancia que va del lugar donde estamos hasta el lugar al que queremos llegar. Y decidir si realmente “merece la pena” cubrir esa distancia en cada ocasión. Toda nueva oportunidad es una “demo” que algún día nos podrá en la tesitura de seguir o no adelante. En toda relación comenzada hay una posibilidad de llegar hasta el final, que nadie más que nosotros puede valorar en su justa dimensión. A veces basta con recordar por qué nos decidimos justamente por esa persona entre todas las demás; por qué pasamos de las citas románticas a la convivencia o por qué pusimos en común nuestro sueldo, nuestros genes y la vida por delante. A veces eso basta para recuperar el respeto por el otro y por uno mismo si es que aún no se ha perdido para siempre. Porque a veces los juegos se pierden porque nos hemos engañado al elegirlos. Y la buena noticia es que, con lo aprendido, estamos en mejor disposición para acertar con el siguiente.

Pero si, enfadados con nosotros mismos y con el otro, hastiados de que las cosas no sean como habíamos soñado, fatigados ya de jugar, vemos que a pesar de todo la opción de abandonar no nos gusta, que la libertad no nos llama, que la soledad nos aflige, que la economía nos agobia, que la suerte de los hijos nos inquieta, tal vez sea el momento de aceptar nuestros límites, de tomar aliento, de compartir con el otro nuestra poquedad y de partir, esta vez, de ese mínimo lugar donde sólo caben la debilidad y la tolerancia, que es como decir de ese mínimo lugar donde sólo cabe la humildad.

Somos vulnerables ante quien amamos y eso no es una desgracia sino una clave para los que hemos venido aquí a aprender a declinar el dual. Si reconocemos como nuestra esta tarea, tendremos que ir dejando atrás la trivialización del sentimiento, los lugares comunes, los juegos de poder y el egoísmo. Sólo entonces podremos, superada esa fase, elegir hablar en singular algún día sin que nuestra voz suene en falsete como un grito de desamparado desafío. Lo de habitar el plural absoluto, ese que trasciende el numero dos, es el camino que nos aguarda más allá de ese horizonte solitario. Pero esa es otra historia.

Luisa Cuerda 
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Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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