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De cómo romper el cascarón
 


L
o dijo Shere Hite hace ya un tiempo: las mujeres mayores disfrutan más de la sexualidad. Podría decirse, en realidad, que algunas mujeres, cuando se hacen mayores, disfrutan de todo más que antes. Tal vez eso se deba a ser mayor, tal vez a que abandonan muchas de las cosas que antes les impedían vivir a su manera: como ambas circunstancias suelen coincidir, queda la duda. Lo cierto es que a algunas otras les pasa exactamente lo contrario: disfrutan cada vez menos de todo y califican de “cosas de adolescentes” cualquier tipo de placer.

En esta perversa sociedad que habitamos, el placer es considerado cosa de juventud, siendo así que a la juventud se le dificultan los placeres en la misma medida en que se le publicitan. Por eso, un “viejo” que disfruta mucho resulta inapropiado. Sin embargo, sólo se disfruta de verdad (sin miedo ni culpabilidad) cuando se rompe con las cosas en las que de joven te habían hecho creer. El placer es lo que surge de esa cáscara rota y surge con el ímpetu y la inevitabilidad de una carcajada largamente reprimida.

Todo amante de los frutos secos ha soñado alguna vez con la utopía de una nuez intacta que surge de su cáscara y se presenta ante nosotros como un cerebro completo en su perfección, sin una tacha en la sinuosidad de sus circunvoluciones trabajosamente conseguidas en el proceso de maduración, sin nada que aplaste la sincronía, la amorosa comunicación de sus dos hemisferios. Pero esa nuez ideal sólo podría realizar semejante tarea si alentase en ella un soplo de vida.

Imaginémoslo. Imaginemos que debajo de una cáscara rígida y dura, creada en principio para proteger pero con tendencia irrefrenable a constreñir, se desarrolla un proceso vital. Imaginemos que esa vida crece hasta el punto en el que la cáscara que en un principio la protegió y contuvo ahora la oprime, pues está en la naturaleza de las cáscaras la imposibilidad de evolucionar. Los latidos de la vida en el interior del cascarón golpean contra las paredes del mismo y el eco que originan crea sonidos confusos que podrían desorientar al que los escuchara. Casi siempre perturbarlo.

Es perturbadora la situación de una vida latiendo dentro de una ceñida cáscara rugosa. Por eso, el momento en que los latidos vitales derrumban las murallas es tan gozoso como lo es siempre el espectáculo de un ser dado a la luz. No hay violencia en ello, al contrario: es la cesación de la violencia íntima y callada de los muros cercadores.

Pronunciar ahora la palabra “liberación” es tan obvio como inevitable. Tan inevitable como la risa que acompaña y premia el acto de salir del cascarón. Suele darse este paso a una cierta edad, si es que se da. Tal vez debería darse antes, nunca después. Lo que es cierto es que toda cáscara tiene una disyuntiva: ser partida o momificarse. Y en el primer caso sucede que, cuando la cáscara no se abre impelida por la fuerza interior, el objeto de romperla desde fuera suele ser comerse, hecho añicos, el fruto que no supo surgir.

Luisa Cuerda 
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Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 
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