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Asteya en la red
 



      Hace unas semanas, en el seminario de Formación de profesores de Sâdhana, en La Plana, estudiábamos asteya, el abandono de la codicia o capacidad de resistir al deseo de lo que no nos pertenece, una actitud que se ha traducido por “no robar”. Y se planteó el tema de copiar discos o películas sin pagar cánones (o, al menos, sin pagar más cánones de los que ya pagamos sin poder evitarlo al comprar material susceptible de hacer copias). Un tema que provoca pasiones y que no pudimos debatir mucho tiempo porque había mucha materia y pocos minutos antes de la siguiente clase. Sin embargo, es muy necesario para un practicante de yoga ir interiorizando las actitudes morales en cada detalle del día a día, precisamente para evitar esa dicotomía entre la esterilla y la vida “en el exterior”.

     Tal y como yo lo veo, se trata de una cuestión de proporciones por una parte y de finalidad por otra. Con los antiguos vinilos, o las casettes, nadie se planteaba si tenía o no derecho a grabarle un álbum a un amigo, o a grabárselo a sí mismo para llevarlo en el coche (tampoco nadie se plantea si es o no moralmente lícito prestar un libro en lugar de regalar un ejemplar del mismo). La cosa se complica cuando esas copias se hacen masivamente para vender el producto. Eso da por sentado que la persona que lo hace se considera, lo reconozca o no, por encima de los que editan un trabajo pagando previamente impuestos y desembolsando lo necesario para llevar a cabo su producto. Por decirlo de otra manera, juega con ventaja, hace trampas y se beneficia de lo que no es suyo. El que, en este caso, los empresarios legales sean en su mayoría las todopoderosas discográficas, el que no nos guste su estilo, ni su ambición ni su prepotencia, y el que nos sintamos indignados con el sistema capitalista no son razones para actuar al margen de las normas en nuestro propio provecho. Frente al capitalismo o a la prepotencia de las discográficas hay un arma infalible que es la de no consumir, una actitud que nos conecta con aparigraha, el abandono de la avaricia o la capacidad de aceptar sólo lo apropiado. Sin embargo, creo que es una exageración (muy propia de la prepotencia de las discográficas, por cierto) considerar piratería cualquier cosa que no reporte beneficios inmediatos a la empresa, por ejemplo, prestarse discos para grabarlos. Se ve todo más sencillo con el ejemplo de un cuadro: Si yo compro un cuadro a un artista y lo pongo en mi casa, hago el pago una sola vez y a partir de ahí todos mis amigos pueden disfrutar de ese cuadro sin pagar a ese artista y sin que yo le vuelva a pagar cada vez que invito a gente a mi casa para ver el cuadro. Si deseo prestárselo a alguien por una temporada, tampoco tengo que pagar al artista por eso. Si pinto copias del cuadro y se las regalo a mis amigos dando por sentado que las he pintado yo, podré ser tachada de extravagante, pero no de ladrona. Pero si hago copias del cuadro a gran escala y las vendo sin permiso del artista y sin haberle comprado previamente sus derechos, estaré beneficiándome de un trabajo ajeno y por tanto, robando.

     En todo caso, está claro que con la llegada de la Red se ha hecho evidente algo que casi habíamos olvidado, y es que el arte es una emanación del espíritu y no tiene mucho sentido querer rentabilizarlo al cien por cien. En la extensa Historia del Arte hace únicamente poco más de cien años que los artistas se han permitido vivir de su arte al mismo nivel que los burgueses, y eso por la actuación de unos intermediarios que  vivían literalmente noventa veces mejor que los artistas cuyas obras vendían. Antes del siglo XIX, el artista solía ganarse la vida de otra manera o bien tenerla ya solucionada, lo cual puede parecer  algo cruel o clasista, pero garantizaba la independencia de su obra. En la época de la Red, tanto los artistas como los intermediarios tendrán que replantearse su situación y sus motivos; tal vez su vocación. Decía Carmen Martín Gaite que todo el mundo quería ser escritor, pero casi nadie quería ponerse a escribir. El arte es una vocación, una necesidad de expresión espiritual que está muy por encima de su posible profesionalización o de los beneficios económicos, fama o consideración social que reporte. Sin embargo, mientras siga siendo una fuente de ingresos para otras personas, es conveniente analizar, como usuarios, nuestros motivos a la hora de copiar una obra o bajarla gratis de la Red. Como siempre, una atención exquisita en este tema puede revelarnos cuáles son estos; la regla áurea nunca falla: no hacer lo que no quisiéramos que nos hicieran. A partir de ahí sabremos si nuestra actuación es desinteresada o si nos dejamos llevar por esa picaresca, tan tolerada en este país, que no es más que una muestra de desconsideración hacia los demás, algo que conviene revisar como parte indispensable de nuestra práctica.


Luisa Cuerda 
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Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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