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El árbol del Yoga

 

 

Dice Desikachar en su libro El corazón del yoga que una de las maneras de entender este es verlo como el proceso que te lleva de un determinado lugar, en el que estás, a otro más deseable, al que quieres llegar. El mantra con el que inicio tanto mi práctica, como las clases, me lo recuerda: «asatoma sad gamaya, tamasoma jyotir gamaya, mrtiorma amrtam gamaya»: ‘Llévanos de la mentira a la verdad, llévanos de la oscuridad a la luz, llévanos de la muerte a la vida’. Así pues, el yoga es, entre otras cosas, un camino: con su punto de partida y su meta deseada, con las provisiones que hay que llevar para iniciarlo, las aflicciones que se pondrán de manifiesto a medida que caminamos y el mapa que hemos de seguir para reducirlas hasta que ya no nos molesten, con los obstáculos que nos saldrán al paso y que habrá que sortear o vencer.

En general, concebimos mentalmente los caminos como algo horizontal, una cinta paralela al cielo por la que nos desplazamos de un punto a otro, de modo que aunque transcurrimos por paisajes distintos y vemos mucho mundo, continuamos estando a la misma distancia de la luz. Esta vez vamos a hacer un camino vertical, como los árboles. Un camino que no nos va a llevar a ningún sitio remoto ni exótico, sino que va a hacer que hundamos nuestras raíces en el lugar donde nacimos y, nutridos con la savia que corre por nuestras venas, hija de nuestra tierra y de la luz que nos rodea, crezcamos hasta habitar todas nuestras posibilidades, desde el subsuelo que nos soporta hasta la copa que se abre al universo entero. A lo largo de su camino ascendente, un árbol pasa por muchas etapas, corre peligros, soporta vientos y se adapta a sequías esperando la siguiente lluvia. Y también alberga a muchas criaturas que perturban su silencio, le roban su savia, se instalan sin permiso entre sus ramas y le hacen experimentar lo terrible, lo mágica, lo alegre, lo grande, lo bella que es la vida.

Nuestro árbol va a tener dos grandes troncos paralelos e intercomunicados, de modo que ninguno puede vivir sin el otro. En uno de ellos, abhyâsa, se condensan, entremezclados en un laberinto de ramas y de hojas, los ocho miembros que tenemos que explorar y hacer nuestros si queremos llegar a habitar la copa acariciada por el sol; el otro, vairâgya, es un tronco fuerte y neto, desde el que se domina una espléndida perspectiva, y al que tenemos que retirarnos de cuando en cuando para recuperar la visión con la que comenzamos el camino.

Esta es la imagen que os propongo para empezar a construir un esquema, un mapa mental del camino del yoga que nos permitirá situar nuestra práctica dentro de él y añadir una dimensión relacional y de síntesis a lo que ya sabemos hacer. En su novela El barón rampante, Italo Calvino nos cuenta la conmovedora historia de un hombre que pasó su vida en los árboles. Subió a uno siendo un niño para evitar un mal trago, y con el transcurrir de los años aprendió que ni andándose por las ramas es posible librarse de la decepción, ni del amor, ni de la desdicha, ni de la felicidad. El yoga no significa subirse a un árbol para escapar de lo que nos aterra, sino aprender a transitar por el camino del árbol: de la tierra al cielo, de la oscuridad a la luz, de lo que se pudre a lo que no muere.

 

 

Luisa Cuerda 
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Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 

 
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