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Apocalipsis
 


     Tal vez sea cuestión de carácter, pero detesto la actitud del tipo que, en medio de una catástrofe, grita: “¡¡¡Vamos a morir!!!”  Hace apenas unos meses mi correo electrónico florecía de pps en las que, entre fotos de orquídeas, se cantaba a la gloria de ser mujer o se citaban bonitas obviedades apócrifas de Gandhi o de Neruda. Ahora, de pronto, me inundan multitudes hambrientas y paisajes desolados con el apremiante mensaje de que el mundo se va al garete.

     En cada ensayo general de apocalipsis, y ya llevamos algunos, hay quien siente una necesidad imperiosa de linchar a “los culpables” (que siempre son otros); pero la codicia y la soberbia que nos escandalizan ahora que la crisis nos amenaza no son nuevas; y si en este momento afectan a nuestra cómoda vida es porque hace mucho que venimos anteponiendo esa comodidad a todo lo demás. También hay quien, ante las profecías, llena la despensa y se recluye en un mínimo círculo de egoísmo y de miedo; y quien saca provecho de la miseria, y quien despilfarra lo que cree que no va a poder llevarse y quien hace cursos intensivos de espiritualidad, y quien funda organizaciones para sobrevivir al desastre. Tantas facetas de nuestra humana pequeñez…

     Por si acaso, mientras el fin del mundo llega o no llega, sugiero reflexionar acerca de la nula utilidad que la agitación tiene en las emergencias. En Yoga se habla de la “acción justa” frente a la “reacción” inducida por el miedo, la ira o la avidez. La acción justa brota, sin premeditación, en el momento adecuado y suele constituir la diferencia entre salvarse o perecer. Si mientras uno grita “¡vamos a morir!”, otro “¡seguidme!” y el tercero “¡duro con ellos!” conserváramos la calma, descubriríamos que cosas como hacer lo que hay que hacer lo mejor que sabemos o ser amables con quien tenemos al lado crean un clima en el que lo inimaginable se vuelve posible y “lo que está escrito” puede escribirse de nuevo. Tal vez lo más útil de toda esta escatología sea comprender  que la división esencial no es la que distingue entre ricos y pobres, Norte y Sur, o buenos y malos, sino entre dormidos y despiertos. Los dormidos sueñan, en su sueño agitado, con apoderarse del mundo o con salvarlo. Los despiertos, que saben el presente es lo único que tenemos, acompañan el transcurso de la vida con esa tranquila atención que sólo es posible desde un lúcido amor. Y es que cuando el sueño se vuelve pesadilla, es el momento de ir despertando. Feliz Navidad.

 

Luisa Cuerda 
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Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 
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