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Cuando
los seres humanos entendíamos el lenguaje del cielo y de la tierra,
vivíamos el solsticio de invierno como el punto más oscuro
del año y, a la vez, el comienzo del camino hacia el renacer de
la primavera. Era un tiempo para detenerse, reponer fuerzas y recapitular
al calor de la tribu, tomar aliento, sacudir los miedos, invocar coraje
y afrontar el último tramo de la época más difícil
en la rueda sin fin de la vida.
Sobrevivir así al invierno solía alejar hasta el año
siguiente los pensamientos de muerte y, para exorcizar estos, no hay camino
más eficaz que la desmesura. Por eso, cuando las fiestas se cristianizaron,
pervivió el desafuero por encima del significado espiritual que
proponía la Iglesia. Los ritos nórdicos de adoración
al árbol, aliados con la doble moral del Imperio Británico
dieron como fruto las impecables navidades victorianas, con la familia
oficial reunida en torno a la mesa bendecida por el Dios de Lutero, mientras
La Fosforerita se helaba en la calle y mister Scruggle practicaba el viaje
astral para recuperar la inocencia.
Herederos de aquellas celebraciones de Lo Establecido, la Navidad Perfecta
se ha convertido para nosotros en un guante que sólo puede calzarse
un sector de la sociedad cada vez más reducido, del que quedan
excluidos los marginados, las familias en conflicto, los que han sufrido
una pérdida, los que no alcanzan a comprar lo que hay que comprar,
los desengañados y los que están solos. Surgen, pues, navidades
alternativas para ateos, para singles y para desarraigados. La Navidad
disidente pasa por estaciones de esquí, safaris en África,
solidaridad puntual, gastos desmedidos, botella de Larios bebida a morro
sin salir de la cama o paréntesis comatoso de chocolate y películas
de Final Feliz. Y aunque se puede afrontar la Navidad con resignación,
con señorío, con maniobras de evasión o con rabia,
estos días son, cada vez más y cada vez para más
gente, los más temidos y los más tristes del año.
Y sin embargo por encima de nosotros, sumidos en nuestros pequeños
mundos, se alinean las estrellas apuntando al sol de primavera. El universo
nos dice cada año, en su idioma olvidado, que atravesar la oscuridad
es la manera exacta de alcanzar la luz y que en ese trayecto estamos todos,
más allá de nuestras diferencias. Solos o en compañía,
tristes o ilusionados, estos días siguen siendo un alto en el camino
para brindar con las sombras y afianzar en nuestro corazón la semilla
de la esperanza. Feliz Navidad.
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