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Ahimsâ
El alma del yoga: yama y niyama aquí y ahora

 

Primer Yama
AHIMSÂ

ahimsâpratist hâyâm tatsannidhau vairatyâgah
(Yoga Sûtra, II.35)

     Definición de ahimsâ: Ahimsâ significa literalmente: no violencia. “A” es una partícula privativa y la raíz de “Himsa”, HIMS significa herir, matar, destruir, hacer violencia. Desikachar, en sus comentarios al Yoga Sûtra, define ahimsâ como: “La consideración hacia todos los seres vivos, en particular hacia los inocentes, los que están en apuros o en una situación peor que la nuestra” (1). Maréchal elige el término de “bondad”: “La bondad es equivalente a la virtud cristiana de la caridad. Desarrolla la benevolencia, el respeto y la fraternidad, cualidad positiva de la no violencia. Implica una observación atenta, preocupada por el confort, la salud y el bienestar del otro. Se expresa de modo discreto, en forma de pensamientos, palabras y acciones. La bondad es citada en primer lugar porque condiciona todas las otras actitudes”. (2) Ahimsâ es el yama por excelencia, ya que a partir de él nacen naturalmente todos los demás. Tanto Desikachar como Vyâsa el primer comentarista conocido del Yoga Sûtra (s.V), han dejado bien sentado que ahimsâ debe predominar sobre todos los demás yamas. Así Vyâsa dejó este comentario en el aforismo II.30: “Las otras abstenciones y las observancias están enraizadas en ésta, las cuales se practican con el único objetivo de perfeccionarla”. Al decir “observancias”, Vyâsa se refiere a los cinco niyamas. Ahimsâ, pues, es el motor de la práctica pero además es también la que la orienta adecuadamente. Si el objetivo del yoga es la libertad, esa libertad sólo puede experimentarse realmente desde el amor a todas las criaturas. Cuando falla la fe o la fuerza desaparece, sólo el amor nos mantiene en el camino.          
     Ahora bien, el amor, la no violencia o la bondad, con todo su desarrollo de consideración, respeto o benevolencia, no es privativa del yoga sino que pertenece  a esos valores universales que constituyen la sabiduría perenne, es decir, común a los seres humanos de diferentes épocas, lugares y creencias. Iremos viendo que el resto de las actitudes de yama y niyama también comparten este carácter universal, por lo que podemos decir que para practicar yoga no es necesario ni adscribirse ni renunciar  a ninguna religión, creencia o ideología. Digamos  más bien que la práctica del yoga nos ayuda, de un modo sistemático, a desarrollar esos valores universales, se llamen como se llamen en nuestra tradición. Y nos ayuda desde un punto de vista práctico, haciéndonos reconocer, asumir y modificar todo aquello nos impide llevar adelante estas actitudes. Esta forma, más cercana a la psicología que a la moral o al rito, resulta muchas veces más eficaz.

     Ahimsâ en la tradición cristiana:
Ahimsâ está recogida en el decálogo cristiano en el quinto lugar: “No matarás”. Y su contraria, la ira, es uno de los siete pecados capitales. De hecho, lo que hace del cristianismo una religión revolucionaria respecto al judaísmo, del que es heredera, es el nuevo tratamiento de este mandamiento. Jesús de Nazaret amplió el precepto negativo de “no matar” recogido en las Tablas de la Ley hacia una cualidad positiva más exigente, convirtiendo una norma jurídica en una actitud moral: “Habéis oído que se dijo a nuestros antepasados “No matarás”; y el que mate será llevado a juicio. Pero yo os digo que todo aquel que se enfade con su hermano será llevado a juicio (…) Así pues, si en el momento de llevar tu ofrenda ante el altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano.” (3)

     Sin embargo, este mensaje se ha visto a menudo desvirtuado en la tradición cristiana por la manera en que ha sido transmitido por personas que no lo habían interiorizado, causando una cadena degenerativa al final de la cual el concepto de bondad aparecía contaminado de intereses, prejuicios o interpretaciones equivocadas. Como dice Maréchal, ahimsâ puede traducirse como “caridad”. Solo que cuando decimos ahimsâ sentimos que estamos tocando un concepto incontaminado, algo nuevo y puro; y, muchas veces, cuando decimos “caridad” se amontonan recuerdos y emociones negativos sobre la incoherencia observada en muchas de las personas que nos la han predicado. La caridad  ha sido utilizada muchas veces para enmascarar la condescendencia o la superioridad, o para servir de ese “opio del pueblo” que impedía pedir justicia o dignidad. Sin embargo, el concepto de “amar al prójimo como a uno mismo” sigue teniendo una indestructible validez, como también la tienen todos los que, dentro de la tradición cristiana, han puesto el amor por encima de todo, ganándose muchas veces la desconfianza de la propia Institución: Giovanni di Bernardone (“Hazme, Señor, instrumento de tu paz”) Juan de Yepes  (“Al atardecer de la vida nos examinarán de amor”), Aurelius Augustinus (“Ama y haz lo que quieras”)  o Teresa de Cepeda  (“Lo que os haga amar, eso haced”) fueron elevados a los altares como San Francesco de Asissi, San Juan de la Cruz, San Agustín de Hipona y Santa Teresa de Jesús, pero en vida tuvieron que sufrir persecuciones más o menos encubiertas y, en el caso de San Juan de la Cruz, torturas por parte de sus propios hermanos de religión. Sin embargo, supieron trascender las formas y fundirse con la esencia de un mensaje que constituyó su vocación y su fuerza. La cuestión es que esa máxima, “amar al prójimo como a uno mismo” tendría que ser el resultado de un proceso de evolución espiritual y no algo impuesto o imitado. Ese “poner la otra mejilla” que nos han vendido desde niños como cristianismo básico no es algo que uno pueda ni deba practicar en el patio del colegio para ser el preferido de los curas, sino el final de un largo camino y el síntoma de que estamos a punto de un salto cualitativo en nuestra evolución. Lo que nos lleva al punto siguiente.

     Dificultades para la correcta adopción de ahimsâ:
Porque a veces, la “bondad” envuelta en creencias, deberes o devociones, chirría un poco. A veces no sabemos distinguir, ni en nosotros ni en los demás, donde acaba la “no violencia” y aparece la sumisión, la cobardía, el conformismo o la inercia. Ser bueno no es lo mismo que ser apocado. La diferencia suele venir marcada por el orgullo que subyace a las acciones de falsa bondad y la naturalidad que rodea a las otras. La falsa bondad es interesada y condicional. La auténtica, desinteresada e incondicional. Y ante la falsa bondad se produce, en los que lo perciben, una reacción de rechazo: un cinismo que aunque tampoco satisface, libera de una opresión difícil de explicar. Sin embargo, en nuestro interior todos deseamos un mundo no violento, todos aspiramos a una felicidad que lleva implícita la bondad y el amor recíprocos. Es como si escuchásemos un tono sostenido y no supiéramos hacia dónde dirigirnos para llegar hasta el instrumento que lo emite. Porque ahimsâ es un concepto radical. La bondad, la consideración hacia el otro es incompatible con la exclusión de algo o alguien. Y en esto podemos distinguir la sinceridad de nuestra práctica. Si podemos conformarnos con imitar las formas de la bondad, con “sentirnos” bondadosos en la medida en que lo hacemos ver, entonces otros justificarán por nosotros los casos en los que no tenemos que ser tan bondadosos y las personas con quienes debemos (o no) ser compasivos o considerados. Pero si eso no nos convence, tendremos que iniciar un viaje hacia el interior de nuestros miedos o de nuestras carencias, hacia todo aquello que nos impide encontrar la fuente de nuestra bondad natural, única e inalienable. El instrumento del que brota el sonido que nos llama y nos impide conformarnos. El camino hacia ahimsâ, hacia la consideración y la bondad hacia todos los seres vivos, pasa por investigar qué produce nuestros deseos de violencia, qué nos hace excluir a los demás de nuestro cuidado y afecto. Atravesando creencias, tradiciones y ritos, desaprendiendo lugares comunes y cuestionando principios incuestionables podremos acercarnos al origen de nuestra violencia, que es como decir a nuestro dolor. Dice Desikachar en su libro “El corazón del yoga” que duhkha es el destino de los que buscan (4). Duhkha se traduce como dolor, tormento, esa angostura por la que no queremos pasar pero que es el conducto del nacimiento a una visión más clara de nuestra verdadera naturaleza. Independientemente de cómo sean nuestros actos en el camino hacia ahimsâ, si nuestra intención va más allá de la apariencia de bondad o de la simple represión de la violencia, acabaremos comprendiendo por qué nos hemos comportado de una determinada manera y por qué, a partir de un punto, ya no tiene sentido volver a comportarnos así. No se trata de un compromiso sino de la consecuencia natural de un proceso. Y a partir de aquí, comenzaremos a afinar nuestro concepto sobre violencia y sobre bondad. Porque no sólo es violencia el herir o matar. También el abuso es violencia, por civilizado que sea. Y la falta de respeto, y la exclusión, el rechazo o el menosprecio de los débiles o diferentes, el imponer nuestros deseos, nuestras ideas y nuestra manera de ser y el mirar para otro lado ante la violencia ejercida a otros. La consideración hacia todos los seres vivos incluye también a los animales, a las plantas, al medio en el que y del que vivimos. El camino hacia ahimsâ es largo y sutil, pero, una vez comprendido que lo que hacemos a los demás nos lo hacemos a nosotros mismos, resulta gratificante desde el primer paso.

     Ahimsâ y la práctica: Como hemos dicho antes, el florecimiento de ahimsâ se produce cuando se reducen los obstáculos que nos impiden manifestar nuestra natural bondad. Entre ellos, el principal es la comprensión defectuosa, avidyâ, que nos incapacita para ver el mundo como un lugar de todos y para todos y a nosotros mismos como parte de algo más grande y más profundo de lo que podemos ver con nuestros sentidos o podemos juzgar con nuestra mente humana. Junto con avidyâ, otro importante obstáculo que impide que ahimsâ fructifique es asmitâ, la falsa identificación con nuestra mente y su constructo, el ego, eso que nos induce a reaccionar ante los pensamientos, juicios y emociones que sentimos a pesar de que la experiencia nos enseña lo mudables que estos son. Por eso, creo que la meditación adecuada, si es necesario guiada por un maestro o por alguna lectura que nos inspire, puede ayudarnos a aislar esas ideas y percepciones que damos por ciertas e inmutables y penetrar en ellas para, en el silencio y la quietud, observar cómo se disuelven dejando a cambio un espacio más respirable. No es fácil y a veces no resulta agradable, pero es tan eficaz que la única manera de que no funcione es no hacerlo. Para preparar dhyâna, es conveniente practicar prânâyâma haciendo especial hincapié en una práctica tranquila, ligera y gratificante como puede ser nadi sodhana con pequeñas retenciones. También puede resultar útil e inspirador el shanti mudra, o algún mantra que signifique algo importante para nosotros. Pensar que muchos antes que nosotros han estado en nuestra misma situación puede ayudarnos a perseverar cuando la mente se revela y la angustia aprieta de un modo que nos parece insoportable. El llanto, aceptado y no reprimido, suele ser una buena salida a muchos bloqueos que nos impiden ser amorosos con nosotros mismos y por tanto con los demás. Imaginarnos amando incondicionalmente (aunque luego no seamos capaces, todavía, de ponerlo en práctica) es un buen indicativo de que vamos por buen camino. Cuando sentimos el corazón duro o seco, o estamos seguros de estar “cargados de razón” e indignados con quienes no la tienen, puede ayudarnos alguna visualización, como por ejemplo, la de un trozo de hielo que se funde; con él, lo hacen los pretextos y las excusas para no reconocer que es con nosotros mismos con quien nos enfadamos; que es nuestra propia debilidad y nuestros propios errores los que rechazamos. Fundido el hielo, queda una mente asustada, queda un ser humano que se cree solo e intenta organizar un universo a su medida, queda un ego incapaz de comprender el concepto de incondicionalidad. ¿Cómo no sentir amor por tanta torpeza? Y, llegados a ese punto, aunque el cambio no es inmediato ya hemos avanzado un pequeño paso. Ya, aunque sea por un momento, hemos mirado cara a cara a una pequeña parte de nuestra sombra y, al amarla, hemos amado en ella  todo lo que rechazamos de los demás. Queda mucho por hacer; pero ya nos hemos puesto en camino.

     Los frutos de ahimsâ: La cita que encabeza este capítulo, el aforismo 35 de Sâdhanapâdah, habla de los frutos de ahimsâ. Su traducción literal es: “Bondad firmemente establecida: en su presencia, de toda enemistad el abandono”, lo que es interpretado por Maréchal como: “En presencia de este yogui con una bondad firmemente establecida, cualquier violencia desparece, lo que crea un clima de benevolencia favorable a la paz y a la reconciliación” (5). Según la versión de Desikachar, “A más considerado se es más se estimulan sentimientos amigables en todos aquellos que se encuentran en nuestra presencia.”(6) Y  Shankara Bhagavatpâda, un comentarista del siglo XIV, al que debemos el Yoga Bhâshya Vivarana Shankara nos ofrece un curioso comentario que merece ser citado: “Cuando el establecimiento es firme y (el yogui) permanece libre de ideas nocivas, incluso enemigos naturales como la serpiente y la mangosta renuncian a su antagonismo en presencia de quien lo practica.” Vemos, pues, que la bondad es contagiosa hasta para la serpiente y la mangosta, como contagiosos son el odio y la violencia. La actitud serena, ecuánime y benevolente, la consideración a los demás suele tener como resultado una correspondencia o un flujo de bondad y consideración. Pero no siempre lo parece. Hay episodios en los que se diría que la bondad y la no violencia son machacadas sin que nada parezca impedirlo. Son la excusa de los más débiles para abandonar o poner en ridículo tales actitudes y a quienes las practican. Una vez más, el cinismo asomando como máscara del miedo y de la desesperanza. Y es verdad que una de las pruebas más difíciles de pasar es la de cultivar la no violencia sin perder la dignidad. Dice el Dhammapada que “…los mejores entrenados entre los hombres son los que resisten el abuso” (7). Y, según Robert Thurman (8), “Gandhi aseguraba que existen tres respuestas posibles ante el mal. La inferior y menos recomendable consiste en plegarse ante él, rendirse a sus dictados en abyecta docilidad. La segunda consiste en luchar contra el mal con el mal, en oponerse a él violentamente. Por último, la mejor respuesta consiste en la resistencia no violenta, en luchar contra el mal prescindiendo de cualquier táctica malvada. Es la opción que exige el máximo de valentía, junto con la inteligencia y la compasión inmutables necesarias para mantener con firmeza la determinación de no luchar violentamente.” Es decir, es preciso un cierto nivel previo para mantener una actitud no violenta sin que eso signifique ni miedo al castigo  ni represión de la ira. Y ese nivel requiere el autoconocimiento que puede darnos la práctica del yoga cuando está ligada a la intención de cultivar esta actitud. Desde esa autenticidad, desde esa carencia de cualquier interés que no sea la actitud en sí misma, ahimsâ, la no violencia, es una de las fuerzas más potentes e inspiradoras. Y entonces sí, sus frutos no buscados se multiplican de forma natural, como no podría ser de otra manera. Y entonces es posible entender que “poner la otra mejilla” es, más que cualquier otra cosa, un acto de solidaridad y compasión con el profundo sufrimiento de quien te golpea. Como las radiaciones solares, los actos de bondad se acumulan y antes o después disuelven la negatividad. Dice el aforismo 5 del Dhammapada: “En este mundo, el odio nunca cesa a través del odio; sólo cesa a través del amor. Esta es una ley eterna”.

 

Ahimsâ, El Sumo Sacerdote del Tarot de Marsella

Aparte de otros significados, he elegido esta carta basándome en una de sus denominaciones: El Pontífice. Pontífice significa “el que construye puentes”, que es una de las funciones de la bondad. José Ramón Roncero me enseñó que lo contrario del amor no es el odio, es el miedo. El odio, o violencia, es una reacción egótica del miedo. Y el miedo es, básicamente, desconocimiento o conocimiento erróneo. Por eso, el que construye puentes propicia la comunicación y el entendimiento. Para construir puentes es preciso conocer ambas partes y no tener miedo de ninguna, es decir, es preciso haber integrado los opuestos, algo que sólo puede hacerse desde el amor incondicional al que nos remite ahimsâ.

 

 

Luisa Cuerda
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1.- Yoga Sûtra, pág. 82.

2.- Viniyoga II, pág. 21.

3.- Mt, 5 21-24.

4.- El corazón del Yoga, Pág. 87.

5.- Viniyoga II, págs. 24 y 78-79.

6.- Yoga Sûtra, pág. 87.

7.- Dhammapada, aforismo 321.

8.- Págs. 259 y 260 de La revolución interior. Una propuesta para el tercer milenio. Robert Thurman. Editorial Urano (Barcelona, 2000).

Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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