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Adopción y adolescencia

 

Si la adolescencia es una época tenida, en general, por conflictiva, entre la mayoría de los padres adoptantes existe la convicción de que la adolescencia de un hijo adoptado será aún más complicada, conflictiva y dolorosa que la de un hijo biológico. La opinión general de los expertos es que, en esta edad, el chico o la chica se enfrentan necesariamente con el hecho del abandono del que han sido objeto por parte de sus padres biológicos y la herida causada por este abandono les produce, a su vez, la certeza de que a este le sucederá el de sus padres adoptivos, abandono que, de alguna manera «provocan» con actitudes desafiantes hacia ellos. Dejando claro mi profundo respeto y toda mi simpatía hacia las personas que sustentan esta opinión, especialmente si son padres y madres adoptantes que día a día viven, como pueden, conflictos familiares, tengo que disentir de ella, no solo en cuanto a teoría sino en cuanto a forma de percibir la vida y de transmitirla.

Comencemos hablando de adolescencia en general antes de hablar de adolescentes adoptados. Si bien es cierto que la adolescencia es un periodo conflictivo, no lo es menos que en realidad lo es, o debería serlo, para el adolescente, no para los adultos con quienes convive. Esto era así, de hecho, en generaciones anteriores, en las que el adolescente vivía su proceso como algo propio, más o menos ayudado o más o menos comprendido por su entorno, pero nunca, salvo casos patológicos, como una cuestión elevada a problema familiar.

Actualmente, sin embargo, la adolescencia de los hijos suele ser comentada, tratada, consultada y ¡ay! temida por los padres, como se teme todo lo que nos aparta de un exasperado deseo de comodidad y nos sitúa ante nuestra manera de afrontar los cambios, ante nuestra incapacidad de consolar las tristezas y brusquedades de nuestro hasta ayer encantador niño y ante la carencia de respuestas honradas a las preguntas y exigencias que nos plantea. Es decir, como se teme todo aquello que nos obliga a afrontar nuestra pequeñez.

Somos una generación más imaginativa, más expansiva y más libre que la anterior; y también más inmadura. El hecho de poder darles a nuestros hijos muchas cosas que se compran con dinero nos ha hecho pensar erróneamente que podemos conseguir que sean siempre felices. Y nos cuesta mucho asumir (en nosotros y en ellos) que la felicidad es un estado de conciencia que depende de la evolución personal de cada uno y que se consigue a base de resolver los conflictos vitales viviéndolos a fondo y, muchas veces, en soledad. El adolescente necesita, pues, muchísimo espacio psíquico a su alrededor, es decir, todo lo contrario al peso que le producen las preocupaciones de sus padres, su vigilancia desconfiada, sus intentos de comprender lo incomprensible, o sus afanes por analizar lo que no admite análisis porque es tan básico como lo es la transformación de un gusano en una mariposa. Tal vez, hablando de análisis, sería conveniente analizar si todo ese ruido en torno a la adolescencia sirve realmente a la felicidad de nuestros hijos o a nuestra tranquilidad, a la imagen que queremos tener de nosotros mismos, o mostrar ante nuestro entorno o ante la opinión de los expertos. Tal vez nos vendría bien recordar el deseo exasperado de paz y soledad que acompañó a nuestra propia adolescencia, la súbita necesidad de que nuestros padres nos abrazaran sin palabras y sin motivos y que a eso no siguiera una charla, lo agradecidos que nos sentíamos ante sentencias muy breves, muy básicas, que recogíamos a veces de un libro, de un profesor o de un pariente, a veces, con suerte, de nuestros propios padres en un momento de lucidez, y que aún hoy iluminan nuestras encrucijadas vitales.

Digo todo esto como base para lo que sigue, porque los padres y madres de hijos adoptados suelen sufrir la oprimente sensación de estar expuestos ante la sociedad, como si tuvieran que revalidar en cada momento su condición de padres. Y sin embargo, un adolescente adoptado es, primero, un adolescente, y luego, un niño adoptado. Y esto es importante para no entrar en pánico y atribuir a la segunda condición cosas que son atribuibles a la primera.

Uno de los hechos que se dan como indiscutibles es que el adolescente ha de afrontar la herida causada por el abandono de sus padres biológicos, lo cual es verdad, pero no es toda la verdad. Porque la herida del abandono no es privativa de los niños que han sido expresamente abandonados por sus padres. Distingamos, al hablar de abandono, lo que podríamos llamar «abandono funcional», es decir, la dejación en el trato protector, nutricio y amoroso que recibiría un niño en un estado ideal, del «abandono social», es decir, el abandono de este niño en una institución. Un niño adoptado ha sufrido ambos, y precisamente el segundo explica perfectamente el primero. Los otros niños sufren (todos, de niños, hemos sufrido) de una manera o de otra, pequeños abandonos causados en el mejor de los casos por cansancio, inexperiencia, pobreza, conflictos o inmadurez de los propios padres; en el peor, por comportamientos violentos, patológicos ó delictivos. Y, sin embargo, no hay nada que explique estos segundos abandonos, como no sea la aceptación plena de que la naturaleza humana es imperfecta y no está a la altura de los deseos ni de las expectativas con las que creamos nuestros espejismos.
Se me dirá que no es comparable un abandono con el otro. Y es cierto, no lo es. La principal diferencia entre ambos radica en que el primero, el «abandono funcional», es percibido por el niño en su etapa preverbal, es decir, es «sentido» por él sin poder ser expresado, razonado ni superado con análisis o palabras; la asunción de esos pequeños o grandes abandonos funcionales, la capacidad de aprender a vivir con las carencias que causan y la superación del agravio (es decir, el paso de víctima a aprendiz) constituyen el trabajo de maduración que todos hemos venido a hacer en esta vida. No hay padres perfectos porque no hay seres humanos perfectos. Y asumirlo, perdonar y perdonarnos es la puerta a la serenidad.

El segundo abandono, el «abandono social», es conocido en la mayoría de los casos por el niño adoptado porque sus padres adoptivos le informan de él. El niño o adolescente tiene muchos más recursos para afrontarlo, y uno de los principales es, precisamente, la fortaleza, la compañía y el amor de sus padres adoptivos. Es decir, el enfoque con el que le enseñan a mirar. Lo que nos lleva a la cuestión de cuál es nuestro propio enfoque, como adultos, respecto al abandono.

Si nosotros tendemos a percibir antes que nada el agravio, si juzgamos severamente el comportamiento que con nosotros o nuestros seres queridos tienen los demás, si no abrimos la puerta a la piedad ante actitudes aparentemente censurables o incomprensibles, nuestra percepción del abandono será dolorosa y reflejará, según sea nuestro carácter, ira o victimismo. Y será eso (ira o victimismo) lo que transmitamos a nuestros hijos, aunque nuestras palabras sean escogidas e impecables. Nos explicaremos entonces el comportamiento conflictivo de nuestro hijo adolescente como una reacción ante el abandono y con ello no haremos más que poner el acento en su condición de adoptado, no de adolescente, es decir, aumentaremos la distancia entre él y nosotros.

Si, por el contrario, damos la espalda a los agravios y abrimos el corazón a la maravilla, seremos capaces de percibir la grandeza del destino que pone en los brazos de unos nuevos padres a un niño que (¿importa, realmente, por qué?) ha perdido a los suyos. No podemos saber quiénes eran los padres biológicos de nuestro hijo, cuáles fueron sus motivos, qué pasó por su cabeza, qué sintió su corazón cuando lo dejaron a las puertas de una institución. No hemos nacido en su situación ni hemos vivido sus circunstancias. Aunque solo sea por respeto a nuestro hijo deberíamos tener para ellos la piedad y la comprensión que se tiene con las personas queridas cuando hacen algo que no nos gusta o que no entendemos. Si conseguimos sentir así, eso será lo que le transmitamos a nuestro hijo aunque nuestras palabras sean simples, o incluso torpes. Le transmitiremos piedad y compasión, es decir, coraje para afrontar la vida como es, no para etiquetarla, juzgarla, justificar con ella sus debilidades. Le transmitiremos responsabilidad sobre su felicidad y su destino, no excusas para ir a la deriva. Y entonces, el comportamiento conflictivo de nuestro hijo adolescente será para nosotros una parte inevitable del proceso de transformación de un niño en un adulto. No menos, pero no más.

Lo bueno que tienen los hijos es que su crecimiento nos obliga a crecer; su maduración, a madurar, sus intentos de empezar a volar, a fortalecer nuestras alas. Y en esa relación excepcional sobra todo excepto la fe, el amor y la esperanza.

 

Luisa Cuerda 
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Ilustración: Manel Rouras

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Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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