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Después del Grial
Parte sexta

 


DESPUÉS DEL GRIAL

 

Uno

  

     Las lágrimas del caballero, resbalando por su cara, habían llenado la Copa. Harto ya de llorar, la paz se fue adueñando poco a poco de su espíritu y una sensación de alivio se extendió por su cuerpo y por su mente. Miró entonces la vasija que tenía en las manos, porque de ella emanaba una tibieza que le calentaba como un fuego de brasero.

     Y a través de las lágrimas que había vertido recordando su vida, el caballero pudo ver dentro del Cáliz una sucesión de rostros, algunos muy difusos, otros nítidos y fuertes, viejos, jovenes, soñadores, cansados, melancólicos o firmes. Y el primero de todos era el de un hombre que predicaba el amor y sin embargo se dejaba llevar por la cólera, de un hombre que, la noche antes de enfrentarse a su destino, sudó sangre suplicando a los cielos que ese destino pasase de largo, y aceptándolo al fin, murió como un malhechor mientras otros clamaban que era el hijo del dios cuyos sacerdotes habían firmado la sentencia de muerte.
     
   Y a continuación más rostros, más historias de luchas y frustraciones, de contradicciones y absurdos, de grandezas y mezquindades, de amor y de dolor. Y un factor común: el deseo de sobrevivirse a sí mismos. Sucios, rotos, con mil pecados a la espalda y mil cicatrices de arrepentimiento; hoscos y solitarios, tímidos y tiernos, desmañadamente dignos, humildemente triunfantes, pasaron ante sus ojos los caballeros del Grial.

   Cada uno de ellos había dejado allí su imagen con un mensaje para los que vinieran. Y el primer mensaje, "Ama a tu hermano como a tí mismo", le pareció al caballero completamente nuevo a pesar de las veces que lo había escuchado. Y tras ese, todos los demás, que él recibió directamente de corazón a corazón porque todos transmitían una verdad, y ya nunca pudo olvidarlos.

     El caballero entonces pensó en su dragón y, con el alma puesta en su recuerdo, dejó su mensaje a los que habían de venir.

     Después, devolvió el Grial al sitio donde lo encontró y emprendió el camino de regreso.                                                                                                                                                                                                                                                            

Dos     

   El Rey despertó con la gozosa certidumbre de que había llegado el día. Se asomó a la ventana a tiempo de ver cómo dos nubes grises se convertían primero en rosadas y luego en blancas, mientras el sol empezaba a iluminar las copas de los árboles más altos. Bajó al parque y paseó descalzo, mojándose los pies en el rocío, dando tiempo a que la certeza feliz tomase consistencia dentro de él.

   Luego dispuso una comitiva para recibir a un hermano al que no veía desde que era casi un niño. Toda la corte quedo atónita ante la inesperada noticia, y damas y caballeros comenzaron a planear justas, banquetes y fastos. Pero el Rey les disuadió: "Es un hombre austero y estudioso. No le convienen este tipo de recibimientos". Y la corte, decepcionada, pronto dejo de ocuparse de un personaje tan oscuro. Sólo el caballero Arnulfo, el astrólogo, austero y estudioso él mismo e impedido por la edad para cabalgar, sonrió al Rey cuando este fue a verle a su cuarto para contarle lo que creía una noticia.

   -Hace dos lunas que sigo su camino.
   -Entonces, ¿ya lo sabías?
   -Soy astrólogo, Rey. Juego con ventaja.
   -¿Y por qué no me lo habías dicho?
   -¿Cómo privarte del gozo de tu descubrimiento?

   El Rey se puso en marcha al mediodía, y a media tarde vio, a lo lejos, el pequeño bulto de un hombre caminando por un prado lleno de amapolas. Ordenó parar a la comitiva y se adelantó montado en su caballo.

   El caballero llevaba casi dos meses caminando hacia el castillo del Rey. En este tiempo había podido acostumbrarse a la plenitud y a la soledad que le abrumaron cuando salió de la capilla del Grial. No sabía qué diría a los que le preguntasen por su blanco penacho, por el cáliz de oro y piedras preciosas que juro conquistar, por su capa tejida por cien doncellas, por su espada, por su caballo hijo de un unicornio. Deseaba no ser reconocido, no tener que contar una historia que solo podía transmitirse de corazón a corazón.

   Entonces distinguió a lo lejos una comitiva de la que se destacó un hombre a caballo. El Rey llegó hasta él con su cabello blanco y su jubilosa sonrisa, y el caballero vio ante él a un hombre que también había llenado con sus lágrimas una copa transformada por otros en una leyenda. Y al abrazarle fue como si se abrazase a sí mismo; como si fuese abrazado por toda la humanidad.

   Las dos noticias llegaron a la corte el mismo día: que el Rey había encontrado a su sucesor en la persona de un hermano perdido hacía muchos años en tierra de infieles, y que el caballero del blanco penacho, habiendo conquistado el Santo Grial después de superar horrísonos peligros y resultar vencedor en cruentas batallas, había sido arrebatado a presencia del Altísimo por una legion de arcángeles cuyas voces, resonando en la boveda celeste, hicieron caer mil estrellas fugaces como las que dicen que caen cuando un alma liberada de sus pecados se reúne con su Creador, o cuando los espíritus de los hombres buenos se reconocen en su peregrinar por este valle de lágrimas.

 

EPÍLOGO

     Pasaron los años y el caballero se convirtió en Rey. Y un día, la corte despertó revolucionada por una estupenda noticia: la doncella guerrera, la que igualaba a los hombres en destreza con las armas y les superaba en ligereza y agilidad a caballo, la más pura, la más bella, la que desdeñaba las pretensiones amorosas de los jóvenes en la flor de la edad y de los varones en lo mejor de su madurez, había decidido, desoyendo los ruegos de sus adoradores y de sus familiares, ir por el mundo a la conquista del Santo Grial, la copa que contiene la sangre de nuestro Señor Jesucristo, la inmortalidad, la gloria.

   Los preparativos se hicieron en un clima de gran emoción, pues desde la Ascensión a los Cielos del Caballero del Blanco Penacho, patrono de la corte, nadie había osado arrostrar semejante empresa. Ella misma tejió su capa, ayudada por tres doncellas que la admiraban y la envidiaban al mismo tiempo, mientras cien trovadores lloraban sin cesar a los pies de la ventana de sus aposentos, cantando mil endechas desesperadas. Los tres mejores herreros templaron su espada y su armadura; y su caballo, absolutamente negro, regalo del Rey en su decimotercer cumpleaños, esperaba enjaezado con sedas y terciopelos.

   La noche antes de su partida, la doncella guerrera fue a ver al caballero para pedirle su bendición. Se había puesto su armadura nueva pero llevaba la cabeza descubierta y su pelo oscuro, largo y despeinado, enmarcaba un rostro sonriente y sudoroso. El caballero sabía que no debía revelar a la doncella ninguna pista sobre su futuro, pero al ver ante sí a la muchacha, tan joven y tan atolondrada, con su confiada sonrisa, no pudo resistir a la debilidad de la ternura y, cogiendo sus manos, intentó darle un mensaje que le fuese útil en los tiempos de oscuridad y desamparo que la esperaban. Sin embargo, al asomarse a sus ojos sólo vio en ellos el esplendor de mil victorias, los cuerpos vencidos de cien dragones, las joyas brillantes de una copa imposible. Y ella vio cómo en los ojos de un bondadoso y anciano Rey temblaba una lágrima, mientras le daba la bendición con una voz tan intensa y amorosa que la hubiera hecho reflexionar si, en ese momento, el barullo de toda la juventud cortesana no hubiera irrumpido en la sala para arrastrarla con ella a la celebración anticipada de su triunfo.

   Al día siguiente, la doncella guerrera montó en su caballo con cascos de oro y, arropada por los cantos y las flores de los suyos, abandonó la corte y emprendió su camino.

   Cuando se perdió en el horizonte, el caballero abandonó las almenas de la torre del homenaje y bajó lentamente las escaleras hasta el salón del trono. Allí, sentado en uno de los escalones, pidió a Dios la gracia de despertar un día con una gozosa certidumbre y preparar una comitiva para ir al encuentro de su sucesora, una hermana a la que perdió siendo casi una niña.

   Después el caballero, a quien todos llamaban Rey, se dispuso a esperarla.

 

Luisa Cuerda
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Parte Primera. Después del Grial, el Caballero
Parte Segunda. Después del Grial, el Dragón
Parte Tercera. Después del Grial, el Bosque
Parte Cuarta. Después del Grial, el Anciano
Parte Quinta. Después del Grial, el Grial
Parte Sexta. Después del Grial

Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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