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Después del Grial, el Grial
Parte quinta

 



EL GRIAL

 

Uno

  

  A medida que penetraba en la cueva que el anciano le había señalado, más recordaba el caballero los detalles de su sueño. Esta cueva no era en nada semejante a aquella en la que crecían algas submarinas, ni existía una luminosidad que proviniese del interior. Era una cueva como tantas, húmeda y oscura, una cueva real, no soñada. Sin embargo, la expectación del caballero, su dulce impaciencia, eran las mismas; y aunque no llevaba en la mano ningún arma, su actitud era la de aquel que explora un universo desconocido. Por fin, a lo lejos, el caballero pudo ver una luz pero era la luz del día, una abertura enfrente suyo a la misma distancia de aquella por donde había entrado, y que aún podía distinguir si volvía la cabeza. E interponiéndose entre la luz y él mismo, la sombra de aquel al que había esperado tanto tiempo, de aquel al que llegó a odiar, a temer, del que se compadecio un día, aquel al que empezaba a añorar.

   El caballero y el dragón, frente a frente, intentaron distinguir sus facciones pero la luz a sus espaldas se lo impedía. Paso a paso fueron entonces evolucionando hasta quedar los dos de perfil a ambas puertas.

   El caballero vio entonces un rostro serio que le miraba muy de cerca, con intensa curiosidad, como si quisiera reconocerle. Se dio cuenta de que el dragón había perdido sus enormes dimensiones porque los ojos de ambos estaban a la misma altura. Hubiera demostrado su asombro si antes no le hubiera estremecido la desconocida voz de su adversario.

   -¿Has crecido, caballero?  
   -¡Puedes hablar!
   -Es cierto. Puedo hablar. Eso significa que soy yo quien ha disminuído de tamaño.
   -Tu cara...es...creo recordar...también ha cambiado.
     -No lo sé, caballero, no puedo verla. Puedo ver la tuya, y la tuya ha cambiado mucho desde que encontré, una mañana de verano, a un niño presumido en busca del triunfo.
   -Tú mataste a mi caballo.
  -Soy un dragón. Tú sin embargo, siendo  un hombre, mataste a otro hombre.
   -Estaba loco de dolor. Del dolor que tú me habías causado.
   -¿Y qué sabes tú de mí y del dolor que yo podía llevar dentro cuando maté a tu caballo?
   -Si tenías algún dolor, yo no te lo causé.
     -Dí más bien que no lo recuerdas. ¿Quien sino tú podría causarme a mí algún dolor?   
   -Yo no te había visto nunca antes de aquel día.
   -Dí más bien que me habías olvidado.
     -¿A ti? ¿Cómo se puede olvidar a algo como tú?
     -No siempre he sido así, caballero. He cambiado, igual que tú. ¿De veras no me recuerdas, o es que sigues sin querer recordarme? La juventud, la fuerza, los anhelos de inmortalidad y de gloria, hacen olvidar a menudo a los perversos compañeros de la infancia.

     La voz del dragón removía en el caballero algo que le hacía daño. “Los perversos compañeros de la infancia”. Siempre estaba solo cuando niño, le habían contado. Y él siempre se sorprendía porque recordaba su infancia como una tierra poblada de aventuras olvidadas; llegó a creer que sus pálidos recuerdos no eran más que sueños. El dragón seguía hablando y el caballero se adentraba en el recuerdo atado al hilo de su voz.

     -...olvidamos muy pronto, tú lo has hecho, al primer amigo, al dragón amoral y poderoso que empezamos a ocultar el mismo día en que aprendemos que nos resta el aprecio de los demás. Ya no admiramos su fuerza salvaje que nos consolaba de los arbitrarios castigos con la promesa de una sangrienta venganza. Ni fantaseamos con él lascivas historias acerca de mujeres imposibles. Hasta dejamos de recurrir a su imaginacion, que nos dicta las más fantásticas mentiras para escapar a las consecuencias de nuestros actos, juzgados más severamente en la infancia de lo que nunca en nuestra vida serán juzgados. Un día el niño crece y desea gustar a sus padres, a sus maestros, a las mujeres que cree imposibles. Y los que tienen la misión de guiarle en esta vida le enseñan que mentir es indigno, pero no lo es el ser azotado por ellos. Debe reconocer sus culpas como un hombre libre, pero debe sufrir el castigo de un esclavo. Le enseñan que es lícita la venganza contra los enemigos de su Rey, pero no contra el que le castiga injustamente a él, si ese que le castiga le ha dado la vida. Y alguien le dice que las mujeres imposibles en realidad no lo son, simplemente están prohibidas para él hasta que pueda cumplir unas absurdas condiciones que las harán tan accesibles como indeseadas.Y a cambio de esa violencia contra lo más puro de sí mismo, el niño obtiene el reconocimento de sus mayores. Casi la inmortalidad y la gloria, ¿verdad, caballero?
  
   El caballero, con la cabeza baja, sentía cómo una enorme vergüenza se apoderaba de él. Las palabras del dragón le hacían recordar cosas enterradas en el fondo de su memoria: sensaciones felices, olores, las largas tardes de su primera infancia. Le abrumaban recuerdos en cascada, aquella libertad que nunca después volvió a ser la misma. La nostalgia, el deseo imposible de no crecer. La voz del dragón le guiaba por lo que había sido la parte más secreta de su vida, la que no contaba. La que ahora, sin embargo, le parecía la única real.

   -El niño se avergüenza entonces de sus incondicionales monstruos, de sus cómplices locos, violentos y lascivos que le adoran. Y los olvida. Les traiciona por otros amigos que nunca le conocerán ni le aceptarán como ellos lo hacían. No les permite crecer con él, no les ayuda a transformar su violencia en valor, su loca fantasía en imaginacion para ver el mundo siempre nuevo. Por eso ellos se desarrollan como pueden, enterrados en la cueva donde la deslealtad del niño que ha crecido les confinó. Y un día, una hermosa mañana de verano, salen de allí y matan un caballo. Parece poca cosa para desequilibrar a un joven tan lleno de buenas prendas, ¿verdad, caballero?
  
   El caballero miró al dragón y vio brillar algo en su rostro, pero al acercarse a él fue el dragón quien, con su zarpa, seco las lágrimas que corrían por las mejillas del caballero. Sentados uno enfrente del otro, entre las dos puertas del pasadizo, recordaron su infancia, sus refugios secretos, sus complicidades, y durante unas horas se olvidaron de todo y se instalaron en el pasado.

     -Me alegro de haberte encontrado -dijo al fin el caballero-. Iremos juntos a por el Grial y juntos volveremos a la Corte. Ya no me avergonzaré de tí ante nadie.
     -Pobre caballero. Al tiempo que en bueno, te has convertido en tonto. ¿No te das cuenta de que eso ahora ya no es posible? Todo el lastre que impedía tu ascensión me lo dejaste a mí. Ahora yo no puedo hacerte ningún bien. Ni aunque quisiera podría. Pero es que además no puedo querer. Soy el lastre a tus aspiraciones. Soy lo que hace que te llames hipocrita a tí mismo. Sigue adelante, caballero. Pero no podrá ser conmigo como amigo. En todo caso seré la bola atada a tu tobillo, el recuerdo de que no eres un hombre libre. Pero la bola no se coloca sola en el tobillo del esclavo.
   -Pero tampoco se la coloca el esclavo -gritó con desesperación el caballero, antes de advertir que el dragón había desaparecido.

 

Dos

   Sólo cuando comenzó a recuperar la salud, se dio cuenta el caballero del blanco penacho de lo enfermo que había estado.

   Después de la desaparicion del dragón, cayó en un estado de estupor; su lacerante tristeza fue degenerando en amargura, en desánimo, en depresión profunda. El caballero había encontrado por un momento un sentido a toda su vida, y luego ese sentido se había desvanecido junto con el compañero de su infancia, dejándole en medio de un laberinto en el que había entrado de una mano amiga y del que no sabía salir solo.

   Añoraba ahora su amistad con el dragón como un tiempo de inocencia anterior a la creacion del mundo. Recordaba -¿o acaso inventaba?- morbosamente cada detalle cómplice, transformaba las maldades en picardías, disfrazaba a su amigo el dragón de hombre bueno y a él mismo de alimaña mezquina y violenta. Hasta que, perdido ya el conocimiento de quién había sido quién, manoteaba perdido en una selva enmarañada, en la que el Bien y el Mal eran dos niños gemelos que jugaban a esconderse de él; y él, asombrado de su propia felicidad, se prestaba a un juego que sólo acababa con la vigilia, y con la fiebre que esa vigilia le deparaba.

   Su cuerpo pronto se plegó a la tristeza de su alma, y la salud se fue de él expulsada por la desesperanza.

   El caballero ya no era el niño loco de dolor por el primer golpe recibido. Ni el hombre envenenado por el odio, ni el joven aprendiz anhelante. El caballero tenía ahora mucho camino tras de sí, tanto que no podía volver atrás. Pero había perdido la pista después de haberla visto fugazmente. Y por eso se sentó para morir. 

 

Tres

   Un día el caballero supo que iba a morir. Cómo lo supo no podemos decirlo, pues ese conocimiento es único y no puede transmitirse. Pero, tumbado a la orilla de un lago de no sabía dónde, al que había llegado no sabía cómo ni cuándo, el caballero tuvo la seguridad de que su vida se apagaría con la misma certeza con la que percibía el latir de su gastado corazón.

   Arrastrándose sobre su vientre se asomó al lago y, antes de percibir claramente su imagen, preguntó:

   -¿Voy a morir?
   -Vas a morir, caballero, pero no ahora, a no ser que lo desees tanto que seas capaz de cambiar tu destino.

   La imagen que respondió al caballero desde las aguas del lago, no era la del hombre canoso y barbudo que él esperaba. Un niño serio, de enormes ojos, le había hablado con una voz que el caballero no había podido olvidar.

   -Dijiste que nunca serías mi amigo, que no querías ayudarme. Te fuiste para siempre.
   -No te fíes nunca de las palabras de un malvado dragón.
   -Pero ahora ya no eres un dragón. Sólo te he reconocido por tu voz.
     -Y mi voz será lo único que quedará de mí. Lo demás fue sólo la envoltura con la que tú cubriste tu verdad más profunda. No eres tú el que va a morir, caballero. Es mi hora la que ha sonado.
   -Pero yo no quiero que mueras. Hace tiempo juré por la cruz de mi espada que te arrancaría el corazón con mis propias manos antes de matarte. Entonces pensaba que eras mi enemigo. Ahora no podría hacerlo aunque mi promesa me fuera exigida. Porque tú has sido el ignorado compañero de mi vida. Porque te quiero, dragón. 
     -Hace tiempo juraste por la cruz de tu espada que me arrancarías el corazón con tus propias manos antes de matarme. Pensabas entonces que eras mi enemigo. Y nunca fui más poderoso. Era tu odio lo que me daba vida, caballero. Es tu amor el que me mata. Tu amor, y el amor que tu amor ha hecho nacer en mí. Porque te quiero, caballero, a pesar de que eso signifique que tengo que desaaparecer dejando sólo mi voz como recuerdo.
   -¿Tu voz?
   -Mi voz, que dormirá en tu interior y te aconsejará en las encrucijadas de tu vida. De tu vida inmortal, caballero, porque todo lo que había en tí digno de muerte desaparecerá conmigo. Algún día, tu cuerpo no podrá contenerte por más tiempo y los que aquí te lloren dirán que has muerto. Y tú no podrás entender por qué lo dicen porque te sentirás más vivo que nunca. Entonces, como ahora, sigue este consejo que es un ruego: escucha siempre mi voz porque será tu guía más fiel cuando todo parezca tan perfecto, tan lógico, que sólo el recuerdo de un dragón que te amó pueda conjurar la pereza y la cobardía de los que creen haber llegado. La inmortalidad no es el final de nada. Es el principio de todo. Y la gloria... escucha mi voz, caballero, y no desearás más gloria que la gozosa alegría de tu corazón.

   Y el reflejo del niño fue dando paso, imperceptiblemente, al de un hombre canoso y barbudo, de cuyos ojos caían gruesas lágrimas que enturbiaban su imagen en las aguas de un lago desconocido.

   Cuando el caballero se incorporó, notó que la salud había vuelto a él. Miró en torno y pudo percibir con claridad el brillo de las hojas, y la alegría de los colores del bosque. Y, entre los mil verdes de los árboles, el caballero descubrió también las ruinas de lo que en otro tiempo fue una capilla.

   La voz que no había podido olvidar sonó entonces en su corazón: "Adelante".

   Y el caballero del blanco penacho franqueó, con pasó vacilante, la entrada derruída del Templo del Grial.

 

 

Luisa Cuerda
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Parte Primera. Después del Grial, el Caballero
Parte Segunda. Después del Grial, el Dragón
Parte Tercera. Después del Grial, el Bosque
Parte Cuarta. Después del Grial, el Anciano
Parte Quinta. Después del Grial, el Grial
Parte Sexta. Después del Grial

Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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