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Después del Grial, el anciano
Parte cuarta

 

EL ANCIANO

 

Uno

 

   Había un buen trecho desde la vieja alquería hasta el pueblo. Un poco antes de llegar, se veían unas casas aisladas, con huerto y granja. El caballero detuvo su paso para ver jugar a unos niños, que estaban revolcándose en medio del polvo del camino. Nunca había mirado a un niño de cerca. Ahora le parecía milagroso que en un cuerpo tan pequeño cupiera tanto. Cuando oyó la voz de la mujer, se volvió preparando un ademán que la tranquilizase; pero ella no parecía asustada. Con una sonrisa, le tendía un trozo de pan. El caballero no había visto su imagen en mucho tiempo, pero podía imaginarse con un aspecto mucho más inquietante para las gentes honradas que cuando éstas le huían y le echaban de sus campos. Sin embargo la mujer, ofreciendole la gran rebanada de pan, sonreía confiadamente y le preguntaba, hablando muy despacio, si entendía su idioma.

   El caballero intentó hablar y le salió una voz ronca. Contestó a la mujer, preso de una repentina timidez, que no era de la tierra, y que iba caminando para conocer lugares.

   -Desde que te he visto, lo he imaginado. Eres uno de los hombres santos que vienen a conocer al anciano, ¿verdad?
   -¿Al anciano?
   -Nosotros le llamamos así, y a él no parece importarle. Nadie sabe su nombre, ¿tú sí?
   -Es que no sé de qué me hablas. No vengo buscando a nadie.
   -Eso nunca puede decirse, caballero.

   No habían notado que llegaba, pero el anciano estaba allí. El caballero nunca había visto a nadie tan viejo con una sonrisa tan burlona. Era una sonrisa en la que no había amargura ni cinismo, pero que te hacía sentir indefenso y turbado, como ante alguien que conoce un secreto tuyo que tú aún no has descubierto. Y en quien, a pesar de la turbación y el desamparo, sabes que debes confiar ciegamente, porque sólo así puedes conjurar el miedo que produce una sonrisa que ilumina con luz blanca las partes más reconditas de tu alma.

   El anciano tenía, además, la cabeza calva, la barba blanca y los ojos verdes. Y cuando no sonreía con los labios, la sonrisa se le instalaba en los ojos y sólo se iba de allí cuando hablaba con las personas a las que más amaba o a las que despreciaba. Pero esto aún no lo sabía el caballero.

   -¿Por qué dices que no me buscas? -repitió el anciano- De alguna manera me buscarías cuando me has encontrado.
     La mujer sonreía y el anciano se volvió hacia ella sonriendo también.
     -¿Qué tal estás, María? Ya veo que estabas ofreciendo pan al caballero. Dámelo a mí y ahora lo repartiremos. Queda con Dios, y gracias.

   Y llevando al caballero del brazo, el anciano marchó camino del pueblo mientras la mujer y los niños se metían en casa.

 

 

Dos

 

   -¿Por qué me llamas caballero, anciano?
   -Y tú, ¿por qué me llamas anciano?
   -Porque todos te llaman así. Y porque eres un anciano.
   -¿Y acaso tú no eres un caballero?
   -Lo fui en tiempos, ahora ya no lo soy. No tengo caballo ni espada.
   -El caballo y la espada sirven al caballero, pero no son el caballero.
     -Sin embargo, no soy un caballero. Los caballeros luchan contra los dragones, y yo no siquiera pude levantarla contra el dragón. Ni siquiera en sueños he podido con él.
   -Entonces es que no eres un guerrero.
   - He cometido pecados espantosos. He matado a un hombre indefenso, he faltado al respeto a mi cuerpo, he robado y he sido miserable, tramposo, ruin y cobarde en las frías noches de mi desdicha.
   -Es que no eres un santo. Si no fueras un caballero, te diría que eres un hombre común. Pero el hombre que eres ha reconocido a una hermana dentro de una triste envoltura, ha dado la esperanza a una niña, ha convivido consigo mismo en la soledad, y se ha compadecido de un dragón. Solo un caballero puede hacer esto. Ni un guerrero, ni un santo, ni un hombre común. Solo un caballero.
   -¿Cómo sabes tanto de mí? ¿Eres un adivino o un mago? ¿Sirves a Dios o al demonio?
   El anciano rió con ganas, después de mirar sorprendido al caballero.
   -¿Un adivino? ¿Dios y el diablo nada más y nada menos? ¿Porque tú no sabes leer crees que no existen las letras? ¿Todavía no has aprendido, caballero, que nuestra vida está escrita en torno nuestro?

 

Tres

 

   El anciano llevó al caballero a su casa, una bonita casa hecha de madera, con un huerto delante y un jardín detrás, y le alojó allí.

   -¿Vives solo, anciano?
   -Ahora no.

   El caballero cenó con el anciano, y después durmió en una cama de madera. Le despertaron muchas voces. En el huerto estaba el anciano trabajando, y a su alrededor había cuatro o cinco hombres, discutiendo sosegadamente y haciéndole preguntas. Iban descalzos, vestidos con hábitos blancos, y tenían el pelo largo y atado con cintas de colores. Estaban muy delgados.

   El anciano se dio la vuelta y le llamó.

   -Ven, caballero, únete a nosotros.
   Entre los hombres de blanco se hizo un sorprendido silencio.
   -¿Quien es, Maestro?
   -Es mi huesped.
  
   Un murmullo de reproche recorrió el grupo, pero nadie se atrevio a decir nada.

   -Continuad con lo que estabais diciendo -les animó el anciano, mientras el caballero se sentaba en el suelo un poco aparte.
   -Pues yo preguntaba -comenzó uno de ellos- si es lícito usar la violencia para enfrentar una situacion injusta.
   -Sin duda lo es -dijeron dos de ellos.
   -Sin duda no lo es -dijeron, al mismo tiempo, los otros dos.
     -¿Qué piensas tú, caballero? -preguntó el anciano, mientras removía la tierra con su azadón.
   -Yo no sé a qué os referís -contestó el caballero un poco confuso-. Toda mi vida he cometido injusticias, pero no lo he comprendido sino después de perderlo todo. Cuando yo mismo he sido víctima de una injusticia, he reaccionado con violencia, tal vez porque desde muy niño he sido educado para dominar y dirigir. Si me fuera dado volver al principio de mi vida con la memoria de lo vivido hasta ahora, trataría de no ser injusto otra vez. También intentaría no reaccionar con violencia ante la injusticia, porque ya lo hice una vez y se me heló el corazón. Pero, en realidad, no sé si lo conseguiría. La vida de un hombre que camina es muy diferente que la de otro que va a caballo, y es difícil vivir dos vidas de forma simultánea.

   Luego, bajó la cabeza porque se sentía avergonzado ante la mirada de los cinco hombres, y porque nadie le respondía. El anciano dejó de remover la tierra y plantó un arbusto.

   -¿El también ha venido a buscarte, Maestro?
   El anciano no contestó.
   -¿Qué buscas tú? -le preguntaron al caballero.
   -Ya no lo sé -contestó el caballero, casi para sí.
   Los hombres de blanco sonrieron, entre incrédulos y burlones.
   -¿Oyes lo que dice, Maestro?
     -Antes de oírlo, lo sabía. Por eso es mi huesped. ¿Todavía no habeis aprendido, hombres santos, que aquel que no sabe lo que busca es el que lo acaba encontrando todo? 

 

Cuatro

                                

   El caballero se quedo a vivir con el anciano. Todos los días paseaban y hablaban, y también escuchaban historias de personas que venían en busca de consejo. Un día, el caballero quiso saber por qué el anciano le había acogido a él y, sin embargo, desdeñaba a los hombres santos.

   -Hay personas que reúnen dentro de sí mucha inteligencia y muy poco corazón. Estas personas tienen la capacidad de adquirir conocimientos, pero su escaso corazón les orienta erroneamente, y ven en esos conocimientos un fin en lugar de un medio. A lo que han conseguido aprender forzando su cerebro de forma brutal le llaman sabiduría. Pero no saben nada. Sus conocimientos cada vez les confunden más. Creen que ser sabio, bueno, honrado, son metas a conquistar en lugar de deseos del corazón. Esas personas buscan fuera lo que debe buscarse en el interior de uno mismo. Mi apariencia externa les cautiva y pretenden absorber mi esencia para separar de ella lo que les es útil y desechar el resto, como si yo fuera una formula mágica. No quiero ofenderlos, pero mi corazón y el suyo no pueden comunicar.
   -Anciano, ¿siempre has vivido solo?
   -Te contaré una historia que nunca has escuchado:

     “Existieron una vez dos dioses iguales en majestad y poder. Cada uno de ellos hizo una criatura a su imagen y semejanza. Lo hicieron así porque querían intentar resolver su Eterno Problema. Uno de los dioses creo al hombre, y el otro creo a la mujer. Estos dioses se amaban y aspiraban a formar una unidad redonda y poderosa, pero no sabían cómo hacer para lograrlo. Se dijeron: "Si hacemos muchas criaturas a nuestra imagen y semejanza, habrá muchas posibilidades de observar qué comportamientos debemos seguir y cuales no, y cuando dos de esas criaturas consigan unirse y ser uno solo sin dejar de ser dos, nosotros sabremos el camino adecuado". Los dioses no tienen padres. Por eso se comportan como chiquillos egoístas a quienes nadie ha enseñado a no hacer daño a los demás.”
   “Al principio, los hombres y las mujeres sabían que su procedencia era diferente. También sabían cuál era su principal misión en este mundo, y buscaban sin cesar el camino de la concordia. Pero, con el tiempo, se olvidaron de sus creadores y se inventaron un solo dios, creador de ambas especies (que llamaron "sexos"), y al que primero consideraron mujer y luego hombre, según eran los unos o las otras las que dominaban a la otra mitad de la humanidad. Olvidaron también la misión para la que habían sido creados, y cada especie luchó contra la otra, borrando lo que les unía y utilizando lo que les separaba para engañar y para oprimir. Tanto los unos como las otras hemos sido, desde entonces, muy desdichados, porque nos falta la otra visión del universo, y la que poseemos no es bastante para conseguir la plenitud que tanto ansiamos.”
   “Sin embargo, tanto hombres como mujeres llevamos en nosotros el anhelo de nuestros creadores de unirnos con la otra especie, y lo seguimos intentando inconscientemente, aunque todo se ponga en contra de esa unión. Para que un hombre y una mujer se hagan uno sin dejar de ser dos, hace falta que ambos se atrevan a cambiar la parte de su naturaleza necesaria a tal fin, sin destruir el resto. Esto es tan difícil que ni los propios dioses han sabido lograrlo”.
   -¿Tampoco tú?
     -Yo encontré a mi mujer siendo aún muy joven y emprendimos la aventura. Pero ella era adoradora de la diosa, generosa y cruel, diosa de extremos. Ella misma era así también. Y yo adoraba al dios, vanidoso y ligero: inconsciente. Yo también era así. Y por eso ambos tuvimos que pagar las consecuencias.   

   Y el caballero no quiso seguir preguntando porque los ojos del anciano habían dejado de sonreir.
                                


Cinco
  

   En cierta ocasión, después de haber hablado mucho de muchas cosas, el caballero quiso abrir su corazón al anciano. Le dijo que se sentía como un viejo que mira hacia atrás y comprende que el naufragio de sus ilusiones era predecible, que cualquiera que no hubiera sido un niño atolondrado hubiera podido preverlo. También le dijo que lo único que esperaba de la vida era que sus días transcurrieran monótona y pacíficamente hasta envejecer y morir, haciendo el bien a los demás, como el mismo anciano hacía. Había renunciado ya a la inmortalidad y a la gloria.
   -Me pregunto, caballero -dijo el anciano con la risa bailándole en los ojos-cómo puede renunciarse a lo que no se posee.
   -No te entiendo.
   -Sí me entiendes. Y además estás molesto.
   -No.
   -Sí. Tu orgullo se ha puesto en pie. No queda orgullo en el corazón de un viejo que ve naufragar sus ilusiones. ¿Me estás engañando, caballero, o te estás engañando a tí mismo?  Dices que quieres dedicarte a hacer el bien, a envejecer y a morir, renunciando así a la inmortalidad y a la gloria. ¿Todavía no has aprendido, caballero, que no puede hacerse lo primero sin haber logrado lo segundo?
   Delante de tí hay un camino, el que tú elegiste en un tiempo del que no tienes ya memoria. Es por tanto, tu camino. Renunciar a él es renunciar a tí mismo. En él caben las dudas, el miedo y la pereza. Caben las tentaciones de abandono, las largas paradas, el desaliento. No hay prisa, no hay plazo. Pero no debes abandonarlo si no quieres perderte. Tu puesto no está conmigo, y  lo siento. Estaremos juntos el tiempo que sea necesario, pero no olvides que tienes un compañero que te espera. Sí, aquel al que no has podido matar. Sólo con él llegarás al final. Y entonces, si lo deseas, podrás renunciar a aquello que te pertenezca.
   -Tienes razon, anciano, aunque me pese. Sin embargo, ¿cómo puedo aspirar a la inmortalidad y a la gloria siendo, como soy, un pobre hombre sumido en la confusión?
   -La inmortalidad y la gloria no son cosas a las que se aspire. Están siempre a nuestro alcance, forman parte de nosotros. Pero nosotros no las vemos porque las imaginamos de otra manera. Alguien que no nos quería bien nos ha enseñado a identificarlas con la belleza, la riqueza o el poder. Y nos las ha puesto como señuelos, como únicos premios para el mejor. Sin embargo, caballero, no hay mejor ni peor porque un hombre no puede compararse a otro hombre. Sólo con nosotros mismos nos podemos comparar. Somos dignos de todo desde que nacemos, pero tenemos que reconocer lo que es "todo" para poder poseerlo e irradiarlo. Y para ello tenemos que andar nuestro camino, y para mejor andarlo, tenemos que representar a fondo, concienzudamente, todos nuestros papeles, porque sólo sintiendo muchas cosas, sólo viviendo muchas situaciones, podremos llegar a la comprensión total de nosotros mismos, que es tanto como decir de todos nuestros hermanos.
     -Pero para poder hacer eso, anciano, hay que vencer tantos obstáculos, hay que renunciar a ser hombre. Y yo no sé si podré. Ni siquiera sé si querré.
     -¿De veras piensas, caballero, que para avanzar en nuestro camino tenemos que renunciar a nuestra humanidad? Cuando el esclavo sueña con romper sus cadenas es dos veces esclavo: de su amo y de sus sueños. Cuando las rompe, es esclavo de sí mismo y de su violencia. Cuando se somete a su amo en su corazón, se ha perdido a sí mismo. Cuando comprende que el de esclavo es sólo un papel del que tiene mucho que aprender, encuentra el camino de su liberación. Su siguiente papel no será de esclavo. No será ya necesario. ¿Todavía no has aprendido, caballero, que la única forma de trascender dignamente es abrazarnos a nuestra condicion humana en lugar de rechazarla?   
   -Una vez hice un juramento, anciano. Juré que arrancaría el corazón del dragón antes de atravesarlo con mi espada. Pero mi espada está ahora enterrada en el bosque junto con mis deseos de arrancar el corazón del dragón. Y tengo miedo de ser castigado por no cumplir mi juramento.
   -¿Y quien podría castigarte por apartar el odio de tu alma?
   -Lo juré ante Dios por la cruz de mi espada, y Dios me aterra. Temo que, enojado por mi falta de palabra, me condene a no encontrar jamás el Grial.
     -Es desalentador oírte hablar así, caballero. ¿Como concebir un Dios aterrador y al mismo tiempo seguir su camino? Llamamos Dios a la peor parte de nosotros mismos, esa es a la que juramos de forma insensata, y esa es la que nos aterra cuando no cumplimos nuestros absurdos juramentos. Estás enfermo, caballero. Te contaré una historia para curarte. Es el final de la aquella que dejé sin terminar un día. Me produce dolor, pero a veces el dolor es necesario. Escucha:

   "En cierta ocasión yo le fui infiel a mi mujer. Le fui infiel como lo somos los hombres, sin poner en ello el corazón. Pero a ella el suyo se le quebró en mil pedazos. Nuestra confianza y nuestra amistad se quebraron también. Entonces ella, que me amaba más que a sí misma, suplicó a su diosa que nos uniera de nuevo, y le ofrecio a cambio su vida.”

   “Pasó el tiempo y, como no puede menos de ser cuando dos se aman más que a sí mismos, nuestros corazones volvieron a confiar el uno en el otro, esta vez para siempre, pues habíamos sido derribados y nos habíamos puesto en pie ayudándonos mutuamente. Y, cuando esto sucedió, mi mujer pago el precio que ella misma había fijado. En su interior se inició un mal cuya semilla sembró ella misma el día en que hizo aquel absurdo pacto. Fue ella misma, caballero, la que se obligó a cumplirlo. Se inmoló a la peor parte de sí misma porque no confió en la mejor parte, en la que habitaba en nuestro amor común. Cuando lo entendió, cuando se liberó de sus supersticiones, cuando quiso vivir, ya el mal se había comido tanto de ella que no había vuelta atrás".

   El anciano se cubrió la cara con las manos y permaneció silencioso unos instantes. Luego, concluyó.

   -Guárdate, caballero, de la tentación de ofrecerte a cambio de algo. Te estás comunicando con tu mundo más oscuro. Confía tus anhelos más puros, los verdaderos, a la mejor parte de tí mismo. Todo te ha sido dado graciosamente, todo aquello que está en tu destino. No traspases nunca tu naturaleza. No olvides nunca, caballero -dijo el anciano con los ojos brillantes de lágrimas- que los pactos que los hombres proponen a los dioses son un patético intento de sentirse partícipes de la creacion y que nunca, jamás, serán aceptados.

     

Seis

   Una mañana, el anciano propuso al caballero un largo paseo. Salieron del pueblo y caminaron por un sendero que ascendía medio oculto hasta llegar a un promontorio lleno de cuevas. Desde allí se veía el pueblo donde vivían. De la chimenea del herrero ascendía un hilo de humo blanco. Acababa de hacerse de día.

   -Hoy es el día -dijo el anciano después de que los dos hubieron descansado un rato mirando a lo lejos.

     El caballero sintió un vacío en el estomago, porque entendió perfectamente lo que el anciano le estaba diciendo. Pero preguntó:
   -¿Qué quieres decir?
     -Lo que tú sabes. Ha llegado el momento que los dos tememos y deseamos. Deseamos con nuestra alma y tememos con nuestra pobre y pequeña humanidad. En algún sitio, algo nos dice que ya siempre formaremos parte del otro. Pero nuestros sentidos están tristes. Sin embargo, es la hora de que sigas tu camino sin mí.
   -No sé si podré.
   -Siempre has podido. Yo no te he dado nada que no tuvieras. Sólo amor y sosiego para que pudieras reconocerlo. La medida de tu trabajo interior está dentro de esa cueva. Entra en ella. Yo ahora me iré de aquí, pero no de tu corazón, como tú nunca te irás del mío.

   Los ojos del anciano estaban serios cuando se abrazaron. Pero luego, cuando el caballero se volvió a mirarlo antes de entrar en la cueva, la risa que bailaba en ellos le ayudo a enfrentar definitivamente su destino.

 

 

 

Luisa Cuerda
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Parte Primera. Después del Grial, el Caballero
Parte Segunda. Después del Grial, el Dragón
Parte Tercera. Después del Grial, el Bosque
Parte Cuarta. Después del Grial, el Anciano
Parte Quinta. Después del Grial, el Grial
Parte Sexta. Después del Grial

Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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