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Después del Grial, el bosque
Parte tercera

EL BOSQUE

 

Uno

   Hubieron de pasar muchos días y muchas más noches -pues aunque se nos enseñe que hay tantos días como noches, lo cierto es que las unas y los otros siguen cómputos distintos- hasta que el caballero del blanco penacho volvió a sentir el hambre, la sed y el sueño que sentimos los seres humanos cuando nadie nos ha helado el corazón.

   Durante todo ese tiempo, el caballero vagó por los bosques, permaneció horas enteras sentado en el suelo, contemplando el musgo en el tronco de los árboles, dejó caminar entre sus dedos a legiones de hormigas mientras las miraba absorto, y llamó a gritos al dragón, golpeando con su espada las ramas, las rocas, el suelo, hasta que un día miró la hoja, mellada e inservible. Entonces lloró como se llora por la muerte inútil de un compañero de batallas, cavó con las manos, desmañadamente, una estrecha fosa junto al río, y enterro la espada entre sollozos y oraciones incoherentes. Y después durmió interminablemente, abrazado a una piedra con forma de mujer. 

   Soñó que entraba en una gruta llena de algas que se mecían en el aire como debajo del agua. Él todavía tenía la espada consigo, pero transformada en una hoja sin mango que le cortaba la mano al cogerla, aunque él no sentía dolor, solo veía la sangre correr por su muñeca hacia el codo.

   El caballero era guiado al interior de la gruta por una respiración regular, a veces interrumpida por suspiros entrecortados. La gruta estaba iluminada con creciente intensidad por una luz que provenía del lugar a donde el caballero se dirigía. Este no sentía temor ni ansiedad, sólo una emocion, dulce y lacerante, que le ponía un nudo en la garganta y le hacía apretar el filo de la espada que se le clavaba en la carne sin dolor, mientras las algas submarinas se ondulaban perezosamente y la luz aumentaba hasta revelar todos los detalles del cuerpo del dragón, que dormía cara a la pared del final de la gruta, tierno y pacífico como un niño que se ha cansado de llorar.
                              
   El caballero no sabía que estaba soñando y creyó que había llegado su ocasión. Sabía que debía despertar al dragón para pelear, pero tenía miedo de ver su rostro y quedar de nuevo paralizado e indefenso. Durante un momento luchó contra la tentacion de matarlo mientras dormía. Luego, vencieron el miedo y el odio. Y el caballero del blanco penacho, el que cierto día asombró a la Corte devolviendo la lanza a su adversario cuando lo tenía derribado y vencido, se acercó a su enemigo como un asesino, olvidando -tal vez porque su espada ya no tenía cruz- su juramento de arrancarle el corazón cara a cara.

   Cuando le clavó por primera vez la extraña espada empezó a abrirse paso en el caballero la idea de que estaba soñando. Porque, a pesar de golpear con toda su alma, el movimiento perdía fuerza y la punta de la espada apenas  acariciaba levemente el cuerpo del dragón

   El pánico se apoderó del caballero, que repetía los golpes frenéticamente. Pero sus manos sangrantes resbalaban por el filo de la hoja y golpeaban inútilmente el costado del dragón. Cuando este, incorporándose, se dio la vuelta y miró a su atacante, era tal la expresión de miedo en sus ojos alucinados que el caballero olvidó el suyo y, por primera vez, sintió piedad de la bestia.

   Quiso decir algo, pero la idea de que estaba soñando fue más poderosa, y mientras era atraído hacia atrás por una fuerza ajena a su voluntad, percibió la compasión en los ojos del dragón  y supo que era él el destinatario de esa compasión.

   Cuando el caballero del blanco penacho despertó, tenía en la boca el sabor de las lágrimas y en el corazón el vacío que deja la añoranza de un amigo del que se ha perdido la memoria. Entonces sintió hambre y sed, y el sol le acarició el corazón por primera vez en un tiempo que no podría medirse con los cómputos que nos han sido enseñados.

 

Dos

   El caballero del blanco penacho pasó el resto del invierno en el bosque. Pero, aunque era el mismo lugar en el que había volcado su desesperación, el mismo por donde había paseado su demencia, para él se había convertido en un bosque diferente. Reconocía ahora los árboles que había herido y le parecía que esos tajos eran obra de otro hombre. Visitó el paraje donde su espada estaba enterrada y apenas recordó, entre neblinas, lo que había hecho y por qué. A cada momento tenía presente el sueño del dragón y, recordándolo, se sentía como si él mismo estuviese soñando. Con el tiempo se le iban borrando los detalles de lo sucedido pero permanecía, nítida y punzante, la expresión compasiva del dragón, la suya propia, el segundo de entendimiento que existió entre los dos, y el caballero se aferraba a esta turbadora sensación como a un hilo que tenía que seguir para desenredar un ovillo.

     Sin embargo, no tenía prisa por continuar su camino. El bosque era para él el útero materno, un mundo verde y húmedo que le cubría y le rodeaba, le protegía y le nutría, le restauraba y le sanaba. En el bosque, los tejidos del alma del caballero se regeneraban y él casi podía percibir, en la quietud, cómo crecían los bordes de sus heridas internas hasta unirse de nuevo, cómo las mil preguntas, los mil reproches que, blasfemando, había lanzado a los vientos, iban tornando en trozos de respuestas que, poco a poco, se colocaban en ciertos lugares de un gran rompecabezas del que ya podía distinguir los contornos.

   A veces, el caballero se recordaba a sí mismo en la Corte, recordaba a sus amigos y parientes, y se veía y los veía de muy otra manera a la luz de sus nuevos pensamientos. Cualquier recuerdo de su niñez le conmovía hasta hacerle saltar las lágrimas. Se convirtió en protector de los polluelos caídos de sus nidos, de los animales heridos. Aprendió a conocer y a amar los árboles con los que antes se ensañaba.

   Puso el amor que le estaba empezando a nacer en el pecho, un amor nuevo, sincero y humilde, en las pequeñas criaturas que le rodeaban.

   Pero no lo puso en sí mismo. El que tenía que enseñarle la más difícil lección se había puesto, sin embargo, en camino, el día en que el caballero y el dragón se miraron a los ojos por primera vez.

 

Tres

   Cuando llegó la primavera, el caballero empezó a sentir que el bosque, que en invierno le había acogido como a una criatura propia, ahora le sugería, cuando todo invitaba a la vida, que él continuase la suya fuera de su cobijo. El caballero pasó unos días demorando el cumplimiento de la decisión, que, más que nacida de sí mismo, le parecía estar dictada por el espíritu del bosque. Paseó de nuevo por los viejos rincones donde se había transformado tanto, se despidió de las criaturas que ya siempre tendrían para él nombre propio, y se entristeció tanto con estas despedidas que, cuando enfiló la recta de los pinos jóvenes, desde donde podía verse a lo lejos la vieja alquería, el caballero del blanco penacho sintió, por primera vez en su vida, el desgarro interior del que deja atrás su hogar, y el miedo del que emprende, no una loca aventura celebrada por todos, cuya recompensa es la inmortalidad y la gloria, sino su aventura, su oscura, ignorada, pequeña aventura, sin inmortalidad, sin gloria, sin más recompensa que vivirla.

   Y en la que no sólo están empeñados la voluntad y el coraje, sino, sobre todo, el amor; de todas las armas del hombre, la más difícil de manejar.

 

 

 

 

Luisa Cuerda
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Parte Primera. Después del Grial, el Caballero
Parte Segunda. Después del Grial, el Dragón
Parte Tercera. Después del Grial, el Bosque
Parte Cuarta. Después del Grial, el Anciano
Parte Quinta. Después del Grial, el Grial
Parte Sexta. Después del Grial

Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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