Ir al página principal
   

Revista
Autores
Números


Después del Grial, el dragón
Parte segunda
                    

 

EL DRAGÓN

Uno

   Cuando el caballero apareció por la cuesta que llevaba hasta las primeras casas de la aldea, el sol se había puesto ya. De los pantanos próximos subía una neblina que se iba repartiendo poco a poco por los callejones. Ya las campanas habían llamado a oración, y solo dos o tres perros se demoraban buscando su refugio nocturno.

   El caballero del blanco penacho, apoyándose en una rama que le hacía de bastón, terminó de ascender trabajosamente la cuesta. Su figura se perfilaba contra el cielo como una sombra amenazante en torno a la cual revoloteaba la capa, negra en el contraluz, con un toque siniestro.

   Había caminado sin cesar desde la mañana, obsesionado con alejarse del lugar de donde su amado caballo, regalo del Rey, no se levantaría jamás. Lo cuidó desde su nacimiento, cuando él mismo era un niño apenas, y por las noches, después de limpiarlo, intentaba quedarse a dormir en los establos hasta que los criados se lo llevaban a su cuarto sin hacer caso de sus protestas. Cuando el potro estuvo en condiciones de ser montado, no consintió que lo domasen ni los más expertos jinetes. Fue él la única persona que se ganó su confianza hasta cabalgar juntos como si los dos fuesen un solo centauro. Siempre pensó que, cuando el caballo llegase a la vejez después de acompañarle en mil aventuras victoriosas, él le tendría en un establo de oro donde siempre habría flores recién cortadas y una fuente de aguas cristalinas. Y cuando muriera irían a su entierro doce emperadores, llevando de la brida a sus caballos con negras gualdrapas. Y en el Paraíso, el viejo caballo esperaría a su joven caballero para volver a galopar juntos. Se lo decía al oído, vertiendo las más fantásticas descripciones en su enorme oreja de caballo. Y estaba seguro de que era entendido.

   Y sin embargo, cuando el dragón al que ambos iban a combatir y a vencer le hirió de muerte, él había olvidado que tenía una espada, se había quedado paralizado de miedo y de dolor y ni siquiera había intentado vengarse.

   Y después..., después no había sido capaz siquiera de darle sepultura. Dudando todavía del horror que tenía delante, había dado una vuelta en torno al caballo muerto hasta enfrentarse con sus ojos. Con la mano le había tocado suavemente el belfo abierto, los grandes dientes. No habría nunca doce emperadores llevando de la brida a sus caballos con negras gualdrapas. Trastabillando, volviendo al correr la cabeza como si dejase tras de sí un pecado, el caballero había corrido por el prado lleno de amapolas sollozando, gritando, aullando cada vez más fuerte hasta caer de rodillas con la cara levantada al cielo, ciego de lágrimas, y allí vaciar su corazon hasta quedarse dormido.

   Cuando despertó, tardó un segundo en recordar su situación. Después, todo el dolor cayo sobre él y le mantuvo agazapado, medroso, hasta que de algún lugar de su interior nació un propósito que le produjo cierto consuelo: el caballero del blanco penacho no volvería a montar en su vida a otro caballo. Sería, desde ese momento, un caballero de a pie, y a pie encontraría al monstruo y le arrancaría el corazon antes de matarlo. Sólo entonces, después de jurarlo por la cruz de su espada, halló fuerzas el caballero para continuar su camino.


Dos

Cuando llegó a la aldea, no encontró a nadie en las calles. Se acercó a la primera casa y golpeó la puerta. Estaba acostumbrado a pernoctar fuera del castillo cuando, en el transcurso de una cacería, caía la noche lejos aún de las murallas. En esos casos se adelantaban los escuderos, y cuando llegaba al villorrio el resto de la partida, estaba todo dispuesto. El recuerdo que el caballero guardaba de la hospitalidad de los villanos era bueno, y fue este recuerdo el que le hizo recuperar un tanto el ánimo mientras llamaba a la puerta de la primera casa.

   -Abrid, buenas gentes. Soy un caballero del Santo Grial, que necesita hospedaje por esta noche.

   En la fachada oscura se abrio una breve rendija, casi tapada por el bulto de una cabeza que escrutaba la noche.

   -¿Dónde está tu caballo?, ¿dónde están tus escuderos? ¿Por qué no dejas en paz a los buenos cristianos, aborto de bruja? ¡Fuera de aquí antes de que suelte a los perros!

   El caballero pudo ver cómo, en las casas vecinas, se entreabrían sendos ventanucos que inmediatamente volvían a cerrarse con un ruido brusco y seco. En otra ocasion cualquiera el caballero hubiera sabido sacar de sí mismo su orgullo de estirpe y hubiera sido tal su tono, su convicción, que las pobres gentes hubieran reconocido al amo y hubiesen abierto sus puertas para darle cobijo. Pero esa noche el caballero no era el mismo que salió haciendo ondear su blanco penacho a lomos del hijo de un unicornio con cascos de oro. Era sólo un hombre derrotado y con el corazón roto. Por eso caminó lentamente por el centro de la calle, llevando sobre sus hombros el peso de una vergüenza cada vez mayor. Ni siquiera vio la puerta que se entreabrió a su paso, y la mujer tuvo que chistar tres o cuatro veces para ser oída.

   Cuando el caballero, sobresaltado, se dio la vuelta, la bruja le sonreía de una forma que quería ser incitante. Él se acercó lentamente, adelantando la cabeza para percibir lo mejor posible las facciones, que parecían aún más grotescas en la oscuridad.

   -¿Buscas cobijo, hombre? Has llamado a todas partes menos a donde siempre está abierto. ¿No eres de la región, que no conoces la casa de Catalina?

   Fue entonces cuando el caballero comprendió que estaba frente a una de esas miserables prostitutas, remiendavirgos y alcahuetas, que se colgaban de los estribos de los hombres a su paso por los pueblos. Siempre le habían producido estas mujeres una mezcla de temor y repugnancia vistas desde su caballo, cuando atravesaba deprisa algún villorio perdido. Y ahora, frente a una de ellas, era más el temor que la repugnancia, aún siendo esta mucha. Emanaba de la mujer un poder profundo, que tenía mucho de maternal aunque la vida hubiese marcado sus rasgos con el abandono y la lascivia. Era un poder tan fuerte como oscuro, que  le recordaba sentimientos olvidados de su primera infancia, cuando su madre era enorme, imprescindible, misteriosa, temida y adorada y él intuía que su vida estaba en las manos de aquel ser tan diferente, que, al tiempo que le ayudaba a crecer, le ponía cortapisas para sentirse mayor.

   -¿Nos vamos a quedar toda la noche al sereno, caballero del Santo Grial?

   La voz destemplada, que quería ser jocosa, le sobresaltó. El hecho de oírse llamar así por aquella mujer y verse en tan miserable estado colmó el vaso de su amargura, y el caballero comenzó a llorar sin ruido. Su situación se le antojó un pozo oscuro de donde nunca podría salir. Se vio a sí mismo como a un ridículo pelele, vestido con una armadura que, ahora lo veía, nunca había servido más que para despertar la admiracion de los simples. Recordó a su caballo, tal vez devorado ya por las alimañas, consideró qué poco había bastado, un zarpazo apenas, para reducir a la nada a la flor y nata del reino.

   Por eso se alegró de que Catalina, que le había llevado al interior de la choza, le quitase la armadura, y cuando se dio cuenta de los burdos intentos de la vieja para excitarle, la amarga resignación de descender a lo más bajo de sí mismo, el asco de ser utilizado, dio paso a una creciente rabia que nacía de la desesperación y la impotencia, a una lúcida y horrible complacencia. Y el caballero puro, que había desdeñado los cuerpos de las más bellas doncellas, de las más exquisitas damas, se revolcó en el suelo de tierra de la chabola con una bruja sucia y desgreñada, que le rugía mecánicamente palabras obscenas mil veces repetidas, mientras él, aferrado a ella como una tabla en una tormenta, buscaba frenéticamente entre sus piernas no sabía muy bien si la aniquilación o la vida.

   Pero cuando, con el último espasmo, le sobrevinieron al caballero de forma incontenible el llanto y el vómito, la bruja le sujetó la cabeza y le limpió en silencio. Y luego, mientras él, agotado y doblado sobre sí mismo, miraba sin ver un punto del espacio, ella le preparo una tisana.

     -Eres de verdad un caballero, ¿no es así? Antes, en la oscuridad, no me lo pareciste. Tampoco pensé que fueras tan joven -la mujer le tendía el tazón y él bebió su contenido y se sintió algo mejor-. Yo también vomité cuando me lo hicieron. Eché hasta la primera leche que me dio mi madre. Gracias a los santos, porque con eso me libré de que me pasara por la piedra el resto de la partida. "Esta furcia está enferma", dijeron, y como todavía estaba reciente el Mal, se asustaron mucho y me dejaron. El de la cara de ángel me fue a arrojar una bolsa, pero el viejo le dijo: "¿qué haces, no ves que esa desgraciada va a durar poco?", y se lo llevó del brazo. Me dio tanto miedo pensar que iba a morirme que se me olvidó todo lo anterior. El señor cura decía que las mujeres impuras iban al infierno y yo, desde esa tarde, era impura aunque no fuera todavía mujer. Por San Miguel, un mes después, cumplí doce años.

     El caballero pasó la noche pensando, contemplando a Catalina, que dormía a su lado, hasta que pudo rescatar de sus facciones las de la niña que había sido. Luego, de madrugada, se quedó dormido. Cuando al día siguiente se despidió de ella con un beso en la frente y un abrazo de paz, provocó el asombro y más de una risa burlona entre los que esperaban fuera para saber si el demonio de la noche anterior se había llevado a la vieja puta.

   Pero cuando Catalina puso un cerrojo en su puerta y se dedicó a desbrozar su ruinoso corral para cavar en él un huerto, la gente estuvo segura de que el propio San Jorge -¿recordais su armadura brillante, su blanco penacho?- la había visitado  para otorgarle el don de curacion del que hizo gala, a partir de entonces, con todos los enfermos del pueblo.       

   Nadie recordó, y si lo recordó no lo dijo, que Catalina solía escuchar las interminables quejas de sus eventuales compañeros de cama, y que les atendía y les daba pequeños remedios para ellos y sus familias, recetas que había elaborado en su solitaria vida de mujer sin hombre. Y que había llegado a saber tanto de esa gente que la despreciaba que podía predecir, con mirarlos, sus dolencias, sus tristezas y sus necesidades.

   Pero para sacar ese tesoro del fondo de sí misma, había sido necesario que un caballero fracasado y triste la mirase a los ojos antes de darle un abrazo de paz.

 

Tres

   Es duro caminar para quien siempre ha sido jinete. Al caballero se le antojaban las distancias más largas, el sol más ardoroso y el mundo, en general, más plagado de defectos. Donde al trote de su caballo veía una pintoresca granja, ahora le era dado percibir la basura que se amontonaba al lado de las cochiqueras, o el muro de adobe al descubierto por un desconchón en la cal. Donde le deleitaba el escorzo de unas airosas figuras segando, tenía ahora tiempo de contemplar las marcas de viruelas en sus rostros bajo los pañuelos, la suciedad inaudita de los niños que las rodeaban, la brutalidad de las miradas fijas y apáticas.

   Al caballero le parecía que los perros habían aumentado de tamaño. Ya no eran aquellos chuchos que ladraban a las poderosas patas de su caballo, guardando siempre una prudente distancia. Ahora le acosaban con sus ladridos y en ocasiones se acercaban a él claramente hostiles, echándole fuera de sus dominios como hacían con los ladrones y con los pordioseros, produciéndole una absurda sensacion de culpa y de vergüenza.

   La forma en que los demás le miraban también había cambiado. Ya no corrían a su lado mendigos deformes suplicándole una limosna. Ni las madres salían de sus casas para coger en vilo a sus niños, que jugaban descuidados en medio del camino. Ahora las personas le miraban con desconfianza, pero ya no existía respeto en sus miradas, solo una suerte de oscuro temor al extraño vagabundo que iba armado de una espada. Cuando se veía obligado a solicitar comida en alguna granja, el hombre metía a la mujer y a los niños dentro de la casa, desde donde espiaban atemorizados, y siempre un paso detrás de su perro, que ladraba atronadoramente impidiendo todo entendimiento, le hacía saber más con gestos que con palabras que nada se le había perdido allí. Y así, una y otra vez.

   El caballero se acostumbró pronto a esta actitud, que cuadraba muy bien con el desprecio que sentía por sí mismo. Se acostumbró también a coger furtivamente lo que no le daban por caridad. Muchas noches, refugiado en un granero, masticaba interminablemente el trigo o la cebada, y al marcharse, antes de amanecer, llevaba consigo patatas y cebollas allí guardadas, que le daban las fuerzas necesarias para seguir caminando. Porque el caballero del blanco penacho, olvidado por completo del Santo Grial, buscaba al dragón como único objetivo de su vida para arrancarle el corazón antes de matarlo.

   Los días y las noches se sucedían delante de él  sin que apenas lo notase, en una excitacion febril que atizaba su imaginación en visiones delirantes de lo que podría ser el proximo encuentro.

   En ocasiones era tan vívida la sensacion de odio, que el caballero sentía que, si en esos momentos tuviese al dragón delante, podría destrozarle con sus manos, tal era la fuerza que había dentro de sí. En esos momentos caminaba excitado, como un loco furioso, mirando sin ver y atravesando los pueblos en estado de trance. Ninguno de los que se cruzaban con él osaba interponerse en su camino. Ninguno que estuviera en su sano juicio.

   Pero, a veces, la luna y el viento enloquecen a los hombres sencillos, y el demonio, disfrazado de buen cristiano, inspira a las gentes honradas un desprecio insensato por los miserables desesperados que no tienen nada que perder.



Cuatro


   Cuando lo vio a lo lejos, penso que era un caballero que había perdido su caballo. El pensamiento le hizo tanta gracia que se empezo a reir a carcajadas a pesar de que estaba sola, es decir, sin otra persona al lado, porque en realidad le acompañaban las tres cabras y los ovejeros. Pero ella ya había aprendido, gracias a las palizas de su padre, que las personas están hechas a imagen y semejanza de Dios Nuestro Señor, y por lo tanto son superiores a todas las demás criaturas, por lo cual es inspiracion del Maligno hablar con los animales o tenerlos por amigos como hacen las brujas y los nigromantes, de los que Santa María nos proteja por siempre amén.

   Observó cómo se acercaba a la casa mientras terminaba de comerse la cebolla del desayuno. Desde el altozano donde estaba, podía ver también a su padre apañando los aperos de la siega. A ella le gustaba mirar a su padre, siempre desde lejos, porque todo lo hacía bien, con los gestos precisos, sin un fallo. Como su madre. También lo hacía todo sin equivocarse. Ella sabía por qué. Es porque eran gente honrada y temerosa de Dios. En su familia todos habían sido gente honrada desde que tenían memoria. Nadie en el pueblo podía hablar mal de ellos, como decía su madre, y añadía "así que a ver que haces tú, antes te mata tu padre que se pueda decir ni esto de ti.”

   Ella siempre trataba de imaginarse cómo la mataría su padre en el caso de que alguna vez se dijera "esto" de ella. De lo que no tenía ninguna duda es de que, en tal caso, su padre la mataría. Porque su padre era una persona honrada, y las personas honradas separan el trigo de la cizaña según la enseñanza de los Santos Evangelios. Por eso ella sabía que, cuando su padre la pegaba con la correa, era para expulsar de ella al demonio y conseguir que fuera una mujer honrada, y no tener que matarla.

   Su padre, además, pegaba con la correa a todo aquel que estaba del lado de la cizaña más bien que del trigo. Era un hombre severo e iracundo, pero sus vecinos le respetaban y el señor cura les honraba a veces con su visita en la comida de la Fiesta, cuando mataban el capón.

   El desconocido, visto de cerca, no parecía tanto un caballero como un extraño peregrino, tal vez un mercenario desertor, aunque la guerra, gracias a Dios, estaba este año muy lejos. Lo único que le distinguía de los dementes que a veces pasaban por delante de su casa era la capa, un tapiz que parecía tejido por hadas, suponiendo que las hadas existieran y no fueran fruto de la imaginacion de las  locas como ella.

   La visión de la capa transportaba a la niña acuclillada en el altozano a un mundo escondido tras altas tapias, donde ella era una princesa amada y respetada por un padre bondadoso y sabio; a un jardín imposible en el que nadie la buscaba con una correa en la mano para arrastrarla del brazo y golpearla hasta el límite del terror, y dejarla después sola con sus sollozos humildes, con sus palabras entrecortadas, con su dignidad una vez más partida por los pedazos que ella pego la vez anterior y que volvería a intentar recomponer cada vez con menos esperanza.

     Seguramente fue la capa lo que hizo que su padre dudase cuando el desconocido pasó la cerca con aire ausente, arrastrando la espada tras de sí. Pero la duda duró lo que el campesino tardó en darse cuenta de lo que ella había ya observado: las ropas deterioradas, los hierros sin brillo, la mirada ausente, la saliva seca a los lados de la boca agrietada. Desde su observatorio, la niña pudo oir los gritos y los insultos de su padre, que no hacían mella en el extraño caballero -siempre lo llamo así en su interior-, su carrera alocada hasta alcanzarle y el restallar del látigo.

   Fue entonces cuando algo en su interior se rebeló como nunca se había revelado cuando era ella la que recibía los golpes, y sin temor a su padre, ni al señor cura, ni a Dios, corrió colina abajo gritando un NO que parecía salir de otra garganta para defender al caballero sin saber cómo ni por qué.
                      
   El caballero sintió, al mismo tiempo, la quemazón en el hombro y el grito de socorro de su caballo, vivo en sus sueños, y se volvió para hacer frente al dragón, con los ojos arrasados de lágrimas y la boca contraída por el odio.

   Cuando vio delante de él a un gañán amenazándole con una burda fusta, se creyó víctima de una alucinación. Luego, a medida que comprendía, fue creciendo en él una ira sorda que se adueño de su cuerpo, mientras el villano le insultaba, envalentonado por su pasividad. La ira le llego a la punta de los dedos en el momento en que el látigo fue de nuevo levantado. Entonces, de un solo golpe, le cortó la cabeza con la espada que había sido templada por los tres mejores herreros y bendecida por el arzobispo para que sirviera al Reino de Dios y a la defensa de los más débiles.

   Y entonces volvió a verlo. Apareció detrás del cuerpo, surgiendo de la tierra, con las alas cubriendo su cabeza, creciendo hasta tapar el sol. El caballero, de rodillas, se olvidó del peligro, del miedo, hasta del odio se olvidó. Porque miraba hipnotizado el rostro del dragón, que las alas empezaban a descubrir. El rostro de un hombre enflaquecido, con la boca contraída de odio, con los ojos extraviados, con una mirada de rabia y  dolor. Y de esa boca, que era una fina línea, salió un viento helado que le golpeó en el pecho y le tumbó en el suelo, atravesándole el corazón. Luego, el dragón volvió a marcharse con su mirada cansada y amarga.

   Cuando ella llegó, creyó que los dos estaban heridos. Luego vio que el cuerpo de su padre no tenía cabeza y pensó, antes de darse cuenta de lo que pensaba, que ya no podría matarla. Se acercó al caballero; "no te mueras", le dijo. Pero estaba tan frío que, mientras tocaba su cara demacrada, la niña se echo a llorar sin consuelo.

   El caballero soñaba que era niño y tenía junto a sus mejillas a uno de esos gorrioncitos que se caían del nido y a los que él daba calor hasta que crecían y se echaban a volar. Cuando abrió los ojos, vio a una niña que le miraba mientras las lágrimas le corrían silenciosamente por la cara. Comprendió entonces todo el horror de lo que había pasado. A su lado yacía un pobre hombre al que él había matado, dejando a esa niña sin un padre que la amase y la protejiese. Quiso decir algo, pedir perdón, pero los enormes ojos que tenía delante lo enmudecieron. Sin entender por qué lo hacía, se quitó la capa tejida por cien doncellas y se la puso a la niña sobre los hombros. Luego, se arrancó como pudo del poder de aquellos ojos y se marchó, sintiendo el frío en su interior.

   Ella lo vio marcharse y sólo cuando estuvo lejos se dio cuenta de que los gritos con los que le llamaba no los había pronunciado su boca. Intentó hablar pero sólo le salio un "ven" quebrado y ronco. Entendió entonces por qué él no le había contestado cuando ella creyó decirle "te quiero".
      
     La niña se quedó acariciando la capa al lado de la cabeza de su padre. Aprendió ese día dos cosas: a no tener miedo a nadie y a dar gracias desde lo profundo del corazón. Desde entonces y hasta que fue una mujer anciana, rezó y enseñó a sus hijos y nietos a rezar por el caballero puso sobre sus hombros una nueva vida.

 

 

Luisa Cuerda
Enviar correo

Parte Primera. Después del Grial, el Caballero
Parte Segunda. Después del Grial, el Dragón
Parte Tercera. Después del Grial, el Bosque
Parte Cuarta. Después del Grial, el Anciano
Parte Quinta. Después del Grial, el Grial
Parte Sexta. Después del Grial

Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
Ir hacia arriba
Revista
Autores
Números