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Salvar Gaia
 


Hay en Tarragona un río truncado. No es, como los otros ríos, un curso de agua que desemboca en un curso mayor, para, haciendo camino, acabar en el mar. El río Gaià, que recorre las comarcas de Tarragona desde su nacimiento en Conca de Barberà, se queda parado y muerto, a once kilómetros de su antigua desembocadura, en un embalse que la empresa REPSOL hizo el año 1975 para abastecer de agua su industria petroquímica de Morell. Se han hecho muchas cosas así en toda España porque, durante muchos años, los encargados de diseñar el progreso de un país que despertaba de un sopor de décadas eran tan arrogantes como lo son esos hijos de padres analfabetos que creen que por haber leído cuatro libros están por encima del sentido común atesorado a lo largo de una vida. Los seres humanos, hablando en general, pensamos antes en nuestro provecho personal que en nuestra responsabilidad como habitantes de nuestro planeta. Los ingenieros, químicos, abogados, políticos y demás responsables que durante años han desviado el curso de los ríos o lo han detenido; que han plantado sin ton ni son guiados por modas o imitando lo que se hacía en países con otro ecosistema; que han hecho la vista gorda ante disparates contra el medio ambiente para ganar el sobresueldo del soborno han creído, unos con la buena fe que da la ignorancia y otros con la mala fe que da la ambición, que el planeta (tan grande y tan antiguo) podría soportar eso y más. Al fin y al cabo, sigue habiendo preciosos lugares donde pasar las vacaciones mientras otros se convierten en basureros, cementerios nucleares o generadores de polución ambiental. Palabras que ya forman parte del idioma y se usan mucho en la rutina de las campañas electorales, o en los juegos ideológicos de salón. Palabras a las que se suben unos y otros para tomar postura y, a veces, para, cabalgando sobre ellas, hacer carrera. Se diría que el medioambiente es cosa de profesionales o de “comprometidos”, algo que no va con el ciudadano común.

     Sin embargo, nuestro planeta es un sistema cerrado. Y esto quiere decir que si no se le permite regenerarse a un ritmo igual o superior que aquel al que lo degeneramos entrará en colapso y actuará con urgencia para eliminar la causa de la degeneración. Y la causa de su degeneración actual es la especie humana. Es algo tan sencillo y tan fácil de entender que, una vez escuchado, no se olvida nunca. Por eso no es de extrañar que los insensatos que se han apoderado del control a causa de nuestra apatía lo embrollen todo para arañar un poco más para ellos y su forma de vida mientras dure. Eso también es sencillo y fácil de entender. Se llama insolidaridad y en los tiempos hacia los que nos dirigimos constituye una falta inadmisible.

     Decía que el Gaià, que hace ya unos cien años se rebeló contra el intento de hacer de él un río industrial inundando el pueblo de Pont d’Armentera, está hoy estancado y muerto a los pies de REPSOL. Y que su cuenca y su paisaje se resienten y que hay una plataforma -Salvem el Gaià- que intenta poner fin a este estado de cosas consiguiendo con muchísimo esfuerzo algunos débiles resultados.

     Cuatro años después de que REPSOL le cerrase el paso al Gaià, James Lovelock publicó una hipótesis según la cual nuestro planeta constituye un sistema que se autorregula en busca de equilibrio, una especie de organismo donde todo está relacionado, de modo que lo que se haga, correcta o erróneamente, en un punto repercute antes o después, de una u otra manera, en la totalidad. Lovelock, que era químico y había trabajado en la NASA, comentó su hipótesis con su amigo William Golding, que todavía no había ganado el Premio Nobel de Literatura pero ya había escrito “El señor de las moscas”, una novela acerca de la capacidad de destrucción, pero también de bondad, del ser humano. Golding le propuso que bautizase su hipótesis con el nombre de la diosa griega de la Tierra: Gaia. La hipótesis de Gaia, por sí sola, es suficiente argumento para que dejemos de dividir el mundo en lugares maravillosos y estercoleros inevitables. Las particulares características del ser humano hacen que nuestro paso por la tierra sea más dañino que el de cualquier otra especie. Pero nuestra inteligencia es capaz de minimizar esos daños y acabar incluso anulándolos. Sólo hace falta asumir, de una vez por todas que, a despecho de las ridículas diferencias que marcamos entre nosotros para sentirnos más seguros, estamos todos en el mismo barco.

     A Gaia y a Gaià les separa un acento. Poca cosa más, porque cuando se actúa localmente, por pequeño que sea el logro, se está beneficiando a la globalidad. Como ciudadanos comunes tenemos poco poder, pero ese lo tenemos y debemos usarlo. Así que salvar al Gaià es también, desde nuestro pequeño poder de ciudadanos comunes, salvar a Gaia. Y al salvarla, nos salvamos.


Luisa Cuerda 
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Luisa Cuerda es practicante de yoga y profesora de yoga por la escuela Yoga Síntesis de Barcelona. Certificada en el Post Graduate Yoga Training por Sannidhi of Krishnamacharya's Yoga, tradición de la que es estudiante permanente. Escritora y coautora del proyecto Mettacuento.

 

 
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