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Panorámica de la evolución de la conciencia
 

Ante el maravilloso espectáculo de la noche estrellada, quién de nosotros no se ha sentido conmovido y  se ha preguntado a sí mismo, pero, ¿y yo?, ¿quién soy yo?

Los indios lakota nos ofrecen una respuesta, dicen que “no somos nada menos que esa inmensidad que llamamos dios, pero tampoco nada más que el más insignificante granito de arena”. Es una respuesta hermosa y sugerente pero, ¿tiene “algo” de verdad?
Sorprendentemente, hoy las ciencias, aunque con otras palabras, nos dan la misma respuesta. La vida proviene, según los últimos hallazgos de los científicos, del polvo de alguna estrella que no se sabe cómo llegó a la tierra. El origen de la vida parece irse aclarando a medida en que se profundiza en la memoria de los tiempos, pero ¿y el futuro? ¿Cuál es el futuro de la humanidad? ¿Podría ser que el polvo de estrella que dio origen a la vida tienda a elevarse y pueda regresar a esa inmensidad que llamamos dios?
Vamos a intentar contestar esas preguntas de la mano de científicos renombrados.

Vamos a dejar de lado las muchas catástrofes que amenazan la vida de todas las especies, incluida la nuestra, y a plantearnos el tema de manera más íntima y personal ¿qué estoy  yo haciendo con mi vida?  Porque lo cierto es que, antes de que “yo” se muera o la vida se extinga en el planeta tierra, tenemos un tiempo. Ese tiempo, por breve que sea, es una ocasión preciosa para reflexionar y aprender muchas cosas; para abrir la mente y considerar seriamente la respuesta que nos dan los indios lakota. Escuchemos a uno de los teóricos más notables de nuestros tiempos, Ken Wilber. Dice: “La distancia que va de las bestias al hombre no es mucho mayor que la que va del hombre a los dioses. Hemos recorrido la primera, nada nos impide pensar que eventualmente no podamos recorrer la segunda”.

Imaginar, soñar, que podemos llegar a recorrer esa distancia es una cosa. Verlo claro es otra. Para llegar a verlo claro hemos de hacer un esfuerzo. Hemos de ganar altura, como el águila, y elevarnos por encima del caos cotidiano en el que estamos sumergidos. Sólo desde esa perspectiva aérea vislumbraremos el sendero que en esta jungla de asfalto parece no existir. Esa visión aérea nos la dan las teorías. Los teóricos son visionarios, hombres capaces de elevar la mente y  divisar senderos; ellos nos dicen por dónde van los caminos que la humanidad habrá de recorrer y hacerlos realidad.

Los teóricos que se ocupan hoy del tema de la evolución tienen mucho que enseñarnos. Todos hemos oído o leído algo de Darwin. Pero Darwin sólo fue el pionero que nos mostró el camino del que provenimos, orientó nuestra búsqueda y la convirtió en científica. Hoy todos sabemos algo de la teoría de la evolución de las especies, pero, por lo general, no sabemos que la especie humana sigue evolucionando. Estamos en un momento en el que el  proceso evolutivo es cada día mas acelerado y todos padecemos, en alguna medida, el “shock del futuro”: el estrés que conlleva tener que adaptarnos a cambios importante y constantes en cada vez menos tiempo. Darwin mismo afirmaba: “podemos disculpar al ser humano de sentir cierto orgullo por haber conseguido ascender, aunque no haya sido por su propio esfuerzo, a la cúspide de la escala orgánica. Este ascenso alimenta la esperanza de un destino todavía más brillante en el futuro”.

Ese brillante futuro ya está aquí pero también están las nefastas consecuencias del profundo desequilibrio que sufre el ser humano. Hace tiempo que la evolución humana no tiene lugar en nuestro cuerpo pero es evidente, en cambio, que la evolución mental se ha acelerado vertiginosamente. Los increíbles avances técnicos de que gozamos hoy día han aparecido en sólo los últimos 50 años y se multiplican día con día. Son muchas las maravillas que ponen de manifiesto que nuestra mente ha evolucionado enormemente y que lo sigue haciendo. El mundo en el que vivimos es casi milagroso, tecnológicamente hablando y, sin embargo, cada día es más inhumano y más peligroso. Como seres humanos, no somos casi nada mejores que nuestros antepasados remotos. Somos tan proclives a la codicia, al egoísmo y a la intolerancia, como lo éramos hace 2.500 años. ¿Por qué? ¿Cómo es que sabemos hacer toda clase de artefactos extraordinarios y no sabemos ser un poquito mejores personas?

 La pregunta correcta sería ¿qué hemos hecho con nuestras vidas?, ¿qué se ha hecho del afán infinito de conocimiento con el que venimos al mundo? Y sí, está claro que hemos hecho muchas cosas, hemos alcanzado logros importantísimos. Sabemos mucho de casi todo y podemos realizar proezas increíbles pero, ¿qué sabemos de nosotros mismos? ¿Qué sabemos de eso que llamamos conciencia? Es decir, nos hemos ocupado de satisfacer todas nuestras necesidades materiales pero hemos soslayado la dimensión interior, nos hemos olvidado de nosotros mismos. Si queremos continuar nuestro viaje evolutivo es necesario que nos interesemos y nos ocupemos también de la propia conciencia, de esa cosa rara que llamamos interioridad. Cuando hablamos de la evolución de la conciencia, nos referimos  a eso, a la necesidad de interesarnos por el mundo interno y a averiguar cómo podemos gestionar mejor la, digamos, maquinaria o empresa interior. Cómo, además de desarrollarnos tecnológicamente, en el mundo externo, podemos crecer y mejorar interiormente, como seres humanos.

Porque se podría decir que la evolución ha sido un proceso natural, lento pero seguro, en el que no hemos tomado parte activa. De hecho, nadie nos ha enseñado nunca cómo evolucionar. Hoy tendremos ocasión de aprender algo al respecto. Los grandes teóricos de la psicología evolutiva nos dan una información muy valiosa que nos permitirá ubicarnos y comprender mejor de dónde venimos y entrever hacia dónde vamos. Ver el lugar que ocupamos en la historia de la evolución de la conciencia permitirá decidir, con conciencia, si tenemos o no un camino por delante y si queremos o no recorrerlo.

Lo primero es saber que ese camino existe. Hemos crecido en un mundo dominado por una concepción de la vida chata y materialista. No resulta fácil, por ejemplo, estar de acuerdo con el dicho que dice: “cuando el cuerpo llora por lo que pierde, el espíritu sonríe por lo que gana”. Pocas veces vivimos las pérdidas materiales como oportunidades evolutivas; ocasiones para reflexionar y aprender otras cosas. Cosas no propiamente materiales sino mucho más valiosas. El sufrimiento, las pérdidas, las crisis en todas sus formas, son ocasiones de madurar internamente, oportunidades para descubrir que se puede cambiar por dentro, que es posible aprender a vivir de otra manera.

El segundo paso es ponernos en camino, esforzarnos ahora -que aún podemos- en avanzar en la dirección correcta y subsanar, tanto como nos sea posible, el enorme abismo que existe entre nuestro mundo externo, material, y nuestro mundo  interno. Hemos dicho que la especie humana ha llegado a donde ha llegado desarrollando primordialmente sus capacidades creativas e inteligentes, pero atravesamos un momento crítico en el que no podemos permitirnos seguir siendo tan listos y tan inconscientes; tan ignorantes con respecto a nosotros mismos. Hemos de equilibrar nuestro propio cerebro y aprender a vivir con armonía si no queremos  desaparecer bajo el polvo nuclear de no precisamente una estrella.

Para comprender mejor ese camino interno, vamos a acudir a Ken Wilber. Wilber ha elaborado una teoría muy clara y sintética acerca de la evolución de la conciencia. Un mapa detallado que nos permitirá entender con precisión lo que ya hemos vivido pero, también entrever, con la misma precisión, el futuro evolutivo que tenemos por delante. Hemos recorrido el camino que va del polvo de estrella a lo que somos hoy día, pero tenemos por averiguar qué podemos hacer desde aquí, desde donde estamos. Vamos a suponer, para entenderlo mas fácilmente, que se trata de subir una escalera. Hemos ascendido ya unos cuantos peldaños. Se podría decir que la especie humana está a  mitad de camino.

Para entender mejor cómo evoluciona la conciencia vamos a recordar los escalones que ya hemos vivido. Luego, señalaremos los que tenemos por vivir. Cada una de  las etapas evolutivas a las que nos vamos a referir, debemos entenderlas como etapas que hemos superado como especie, pero también como individuos. La ontogénesis repite la filogénesis, como enseñó Freud. Con ello nos indicaba que, de alguna manera, el desarrollo individual repite el desarrollo colectivo, esto es, cada uno de nosotros revive, de alguna manera, nuestra evolución como especie humana. Así, por ejemplo, cuando hablamos del primer escalón nos estamos refiriendo a la aparición, en la faz de la tierra, de la especie humana y, a nivel individual, al nacimiento de un bebé. A la humanidad le tomó miles de años superar esa primera etapa. A nosotros nos toma poco tiempo pero esas primeras semanas de vida constituyen los cimientos sobre los que se construye nuestra historia. Es muy importante la manera en que fuimos concebidos, el tiempo que pasamos en el cuerpo de la madre y la manera en que venimos al mundo. Es entonces cuando el cuerpo físico echa sus raíces en este mundo; la forma en que nos encarnamos deja huellas indelebles en nuestra memoria celular y esas huellas, tanto las felices como las que no lo son, condicionan nuestro desarrollo ulterior.

 El segundo escalón es el lento despertar del sueño intrauterino del que provenimos. Poco a poco nos vamos distinguiendo de la madre y reconociéndonos como un cuerpo aislado. Esa sensación da lugar a la formación de un segundo cuerpo, el cuerpo emocional. Emociones, afectos y sentimientos tienen sus cimientos en esa etapa de nuestra vida. Históricamente ese periodo se corresponde al mítico matriarcado, a cuando los seres humanos venerábamos a la tierra como a una diosa y, en su nombre, realizábamos sacrificios humanos. Pero ninguna madre ha podido nunca satisfacer todas nuestras necesidades, especialmente, nuestra insaciable necesidad de amor. Todos crecemos con  demandas insatisfechas hacia el cuerpo que nos dio la vida pero también nos frustró y atemorizó en esa etapa tan vulnerable de nuestra existencia. Todos guardamos, en el inconsciente, un profundo resentimiento y de ahí que nuestra relación con la tierra, con la madre, con todo lo femenino, sea aún tan compleja y ambivalente; profundamente emotiva e irracional.

El tercer escalón representa un gran cambio: aparece la figura del padre y se instaura el orden patriarcal. A nivel colectivo, aparece la familia, el estado y la religión y la propiedad privada. A nivel individual, el padre cobra importancia en la vida del niño y se inicia la trágica aventura de Edipo. Atrapado en un triángulo amoroso imposible, el niño se ve acosado por toda clase de sensaciones conflictivas y dolorosas. Y es así como  se inicia la vida interior propiamente hablando, ya que es por entonces cuando el niño se percibe a sí mismo como un cuerpo incompleto, sexuado, que se debate entre el deseo, el miedo, la culpa y la confusión. Pero también es el momento en que aparece el lenguaje y con la expresión verbal el cuerpo mental se hace fuerte y se desarrolla rápidamente. La  razón se impone sobre los instintos y las emociones y reprime, controla convenientemente, nuestra conducta. En lugar de armar una pataleta, por ejemplo, somos capaces de decir no quiero. Gracias a ese poderoso control inteligente, la especie humana avanza enormemente; aparecen herramientas sofisticadas, la agricultura y el comercio. Los hombres, lo mismo que un niño de 4 años, empiezan a ser capaces de utilizar símbolos y conceptos, lo cual es un salto evolutivo enorme. Se ponen los cimientos de lo que hoy llamamos civilización.

Hoy estamos viviendo una etapa evolutiva semejante, por su importancia, a la de entonces; pero hoy la evolución pasa, precisamente, por nuestra capacidad de trascender  ese estado de cosas. Es decir, por ir mas allá de esa razón autoritaria y represora, de la obsoleta estructura patriarcal y abrirnos a nuevas formas de convivencia y relación. El patriarcado nos ha prestado un servicio enorme pero el dominio irracional de un género sobre el otro es, sin duda, un lastre del pasado que es necesario superar. El número de muertes de mujeres a manos de sus maridos es un triste  ejemplo de lo difícil que nos resulta esa evolución.   

Estos tres primeros escalones se denominan prepersonales o prerracionales, porque son previos al desarrollo de la persona racional propiamente dicha. Todos hemos dejado atrás esas etapas pero, como Wilber nos recuerda, no ha sido fácil. Arrastramos heridas y problemas de esas épocas remotas de nuestra infancia y ello ha condicionado, lógicamente, nuestros tres cuerpos, es decir, nuestra manera de habitar el cuerpo, de relacionarnos con los demás y de entender y  actuar en el mundo.

Durante el cuarto escalón esa incipiente personita que soy “yo”  -que somos todos nosotros y que, para entendernos, vamos a llamar ego- se irá moldeando bajo las influencias positivas o negativas de su entorno. Aprende a obedecer normas y a ponerse en el lugar de otro. Desarrolla la inteligencia y se afirma como persona diferente y única; pero, evidentemente, no tiene aún la capacidad de sostener criterios propios y, por lo tanto, su identidad le viene dada por la familia, raza, credo, nación.. a la que pertenece. Los niños entre los 6 y los 11 años buscan naturalmente un grupo con el que identificarse y sentirse seguros. Los otros -las niñas, los homosexuales, los judíos, los negros…-, quienes quiera que sean los otros, se convierten, por ser diferentes, en los malos de la película. Esa etapa, como podréis ver, condiciona aún la concepción del mundo de millones de personas en este  planeta.

Pero aún así, con todos esos tremendos problemas a cuestas, durante el quinto escalón, nuestras capacidades mentales se siguen desarrollando. Nos volvemos más y más inteligentes, aunque, como véis, no necesariamente más maduros o mas sabios. Hacia los 11 años descubrimos la capacidad introspectiva y empezamos a pensar sobre nosotros mismos. Pronto también se desarrolla el pensamiento abstracto: podemos pensar sobre nuestros propios pensamientos. La mente es tremenda: podemos soñar, imaginar, deducir, especular y elaborar grandes teorías. La adolescencia es una etapa crítica en la que nos rebelamos contra las normas aprendidas, nos cuestionamos los criterios de los otros y nos sentimos solos e incomprendidos. Esa sensación de soledad nos lleva a buscarnos a nosotros mismos y a desarrollar una personalidad propia. Ahora bien, si realmente nos reconocemos y nos aceptamos diferentes, podremos reconocer y aceptar a los otros como diferentes, igual que yo. Por ejemplo, si miramos lo que ocurre en el mundo durante ese periodo evolutivo -que no está muy lejos de nosotros en el tiempo- nos encontramos que grandes teóricos y visionarios aportan ideas innovadores que inspiran auténticas revoluciones en todos los órdenes de la realidad. Por primera vez, la visión científica se opone a los dogmatismos de la edad media; se paga un precio enorme, eso es cierto, grandes genios acabaron sus días en  la hoguera en la que la iglesia decidía lo que era verdad y lo que no. Mas tarde, en el ámbito de las ideologías, ven la luz ideales insólitos hasta poco antes; en la revolución francesa se proclama, por ejemplo, la igualdad, hermandad y libertad de todo los seres humanos. Tengamos en cuenta que la carta de los derechos humanos, se redactó hace sólo 60 años. Sabemos que las ideas van siempre por delante de los hechos; las ideas son luces que alumbran el camino pero en el camino estamos y es fácil constatar que esos brillantes ideales siguen estando muy lejos de ser una realidad .

Y ahora, hemos de hacer un alto porque  si hacemos caso de las estadísticas, la edad evolutiva -no la edad física- de la mayoría de las personas es ésa. Es decir, el grueso de la humanidad ha envejecido pero no ha crecido interiormente. Hoy la especie humana, lo mismo que un adolescente, dispone de una mente extraordinariamente inteligente, hábil y poderosa y sus logros  son, sin duda, alucinantes. Pero hemos visto que también lo son nuestras faltas morales. El hambre, las injusticias y las guerras que pueblan el mundo dan prueba de ello. Estamos aún muy lejos de alcanzar la mayoría de edad que nos convertiría en adultos, en personas concientes y realmente responsables de sus acciones. De modo que dejamos aquí el paralelismo que veníamos haciendo entre la edad física y la edad interior, y partimos del hecho de que, aunque seamos muy mayores somos, evolutivamente, muy jóvenes.

Y si eso es así, es importante saber cómo superar esa etapa y acceder al siguiente escalón. El sexto peldaño se caracteriza por una actitud más madura, es decir, supondría una toma de conciencia de nuestras graves limitaciones y defectos. Darnos cuenta, por ejemplo, de  que no se trata de tener más cosas, sino de ser mejor. El sexto escalón es  un momento delicado en nuestras vidas ya que es muy fácil quedarse atrapado en las ilusiones de la juventud: el éxito, la comodidad, el poder  o el consumismo. No es habitual que los jóvenes se hagan la pregunta:  si no se trata de tener más cosas, ¿de qué se trata?

Se trataría de abordar valientemente la pregunta que arrastramos desde niños y ocuparnos de dilucidar, personalmente, el sentido de nuestra vida. Nos harán falta humildad y coraje. Habremos de dejar de lado las muchas razones y justificaciones con las que nos hemos acorazado. Hemos de  estar dispuestos a abrirnos, a descubrirnos a nosotros mismos. Eso no es fácil. Tendremos que   aprender muchas cosas porque es mucho lo que no sabemos, aunque el ego, prepotente y narcisista, no lo crea así. No sabemos escuchar al cuerpo, no sabemos manejar las propias emociones y no sabemos casi nada de nuestra propia mente. Toda esa ignorancia condiciona nuestra forma de entender la vida. Por tanto, lo primero que tenemos que  hacer  es aprender a gestionar mejor nuestros propios cuerpos y repararnos de los daños que hemos sufrido de nuestros padres y que hemos causado a nuestros hijos. Sin esa reparación, sin reconciliarnos con el propio cuerpo y con la propia sombra, no podremos seguir avanzando. La energía retenida en todo aquello de lo que no somos conscientes nos impide integrar con luz las experiencias que hemos vivido. Envejecemos, sí, pero estancados por dentro, anclados en todos los problemas no resueltos. Atrapados en el dolor o la rabia, en los miedos y la confusión que llevamos dentro.

Sólo si abordamos resueltamente ese sexto escalón, lo que nos aportará un conocimiento más profundo y veraz de nuestra vida interior, estaremos en condiciones de ir mas allá y continuar evolucionando. A partir de esa integración se hace posible acceder a otros niveles de conciencia que trascienden pero incluyen  lo anterior. De la misma manera que el desarrollo de la mente no merma nuestras capacidades físicas sino todo lo contrario, el desarrollo la intuición, por ejemplo, u otros estados de conciencia superiores no suponen pérdida alguna de nuestras facultades mentales, sino todo lo contrario. Empezamos a usar más inteligente, armónica y lúcidamente el propio cerebro.

 A los escalones cuarto y quinto se los llama personales o racionales en tanto que se refieren a la consolidación de la persona, al pleno desarrollo de la mentalidad  racional, actual. El sexto, como hemos visto, es una especie de prueba, de puente que nos capacita para seguir avanzando. Porque según los sabios, tenemos tres escalones aún por subir. Superado el sexto peldaño, accedemos a los  llamados escalones transpersonales o transrracionales porque van mas allá de donde estamos. Estadios evolutivos que han sido ignorados por las ciencias debido al carácter excepcional de quienes nos han hablado de ellos. Hombres y mujeres muy avanzados a sus épocas han dado siempre testimonio de ello. Sus obras, sus palabras, han inspirado nuestras vidas pero que no han constituido, sino hasta hace relativamente pocos años, material de  estudio e investigación para los científicos. 

Para  explicarlos, Wilber recurre a las grandes tradiciones espirituales y a las más recientes e importantes aportaciones de científicos occidentales. Pero también a sus propias experiencias. Lo que nos dice acerca de las etapas transpersonales puede parecernos ciencia ficción pero es ciencia pura y dura. De hecho son  muchos los científicos que desde muy diversas áreas coinciden en que el proceso evolutivo nos depara un futuro glorioso; la mente puede seguir creciendo y podemos llegar a desarrollar otros niveles de conciencia que nos permitirían transformar el mundo. “El descubrimiento más importante de estos tiempos”, dice W. James, “es saber que cambiando la actitud interna de la mente, se cambia la realidad exterior”.

La evolución a partir del séptimo escalón se caracterizaría por logros espectaculares en el ámbito de la mente. Pero ya no de la mente egoísta y avariciosa del quinto escalón, sino de una mente más profunda y generosa, que ha integrado el cuerpo físico y el cuerpo  emocional, de una mente que genera, naturalmente, una nueva visión del mundo, otra conciencia. Los grandes teóricos son unánimes al respecto:  nunca antes la vida en el planeta tierra ha dependido tanto, como depende ahora, de un cambio de conciencia en los seres humanos. Nos hemos permitido toda clase de barbaridades, pero hoy, con los arsenales destructivos con los que contamos, no podemos  seguir siendo tan ignorantes.  

En el séptimo escalón -al que se denomina psíquico- empezamos a adentrarnos en los dominios transpersonales. Empezamos a trascender el propio ego y a experimentar una sensación de identidad desconocida, más amplía y armónica, auténticamente ecológica. Libres de la prisión del ego, uno se siente ciudadano del mundo y parte integrante de la madre naturaleza. Pero no se trata de un saber intelectual, sino de un saber por experiencia. Somos plenamente conscientes, por ejemplo, de que todo cuanto hacemos a la tierra, nos lo hacemos a nosotros mismos. Realizamos nuestra conexión con la tierra y nos sabemos, porque así nos sentimos, hermanos de todos los seres vivientes en el planeta tierra. “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, no es tanto un mandamiento moral, dice Wilber, como la descripción de un estado de conciencia en el que no se experimenta diferencia alguna entre uno y su prójimo.

En el octavo escalón -sutil- las experiencias van siendo más sutiles y más profundas. De ellas nos han hablado los místicos, los sabios, los grandes maestros espirituales. Personas muy por delante a su momento histórico. Hoy  podemos comprender su excepcionalidad como resultado del nivel evolutivo que habían alcanzado y podemos verlos como testimonios de lo que todos podemos llegar a ser.
Lo que caracteriza las experiencias del octavo escalón, dice Wilber, es sentir un amor que lo engloba todo y vislumbrar, a través de esa experiencia, nuestra conexión con esa inmensidad que llamamos dios. A partir de entonces, ya sólo queremos seguir creciendo y cumplir el designio con el que vinimos al mundo. Y son esas experiencias aparentemente “increíbles” las que, hoy, la ciencia nos permite entender como la consecuencia natural de un determinado funcionamiento cerebral, de lo que se conoce como una mente despierta y estable.

Y, por último, el noveno, -causal- se refiere a la feliz unión entre el alma y dios, un estado de fusión con el espíritu puro, el logro de nuestra identidad suprema. Eso ocurre, puntualiza Wilber, cuando no queda sensación de identidad ninguna. Hemos desandado todos los caminos del ego, hemos desarrollado al máximo nuestros potenciales latentes y, simplemente, Somos. “Somos la plenitud de la que todo emana,” dice.
Está claro que ésas son palabras mayores, palabras que podríamos creer, pero que difícilmente comprendemos. Haría falta tener esas experiencias para saber de que nos están hablando.

Se trata, pues, de ir teniendo experiencias. Cada uno ha de ocuparse de sí mismo. Nadie puede hacerlo por nosotros. El primer paso, como hemos visto, consiste en aprender a mirar hacia dentro, dirigir la atención a nuestros distintos cuerpos, al físico, al emocional y al mental y reconciliarnos con ellos. Desde la aceptación lúcida de nosotros mismos, podemos  continuar evolucionando y mejorando nuestra calidad de comprensión. Con la práctica podemos aprender a generar estados mentales que nos proporcionan un bienestar y una paz muy grandes. Desde una mente en paz es fácil, es natural, por así decir, ser mejores personas, más alegres y  bondadosas, más ecuánimes, más sabias.

Y ése es el sentido de la evolución, un sentido que va mas allá de nuestras vidas individuales, pero, al mismo tiempo, en tanto que somos parte de esta historia, el granito de arena que aportemos es enormemente importante. De él se alimentarán nuestros hijos, nuestros nietos y bisnietos.

Y ésa es, también, una buena razón para envejecer con más conciencia. Podemos vivir inspirados por la visión que desde la cúspide de la escalera nos ofrecen los grandes sabios y tomar, deliberadamente, esa dirección. Sólo la propia experiencia, la llamada autoindagación, nos permitirá saber, a ciencia cierta,  si lo que dicen hoy los científicos más avanzados, repitiendo a los sabios de todos los tiempos, es verdad o no. Se trata de averiguar si podemos seguir evolucionando internamente y mejorar la calidad de la vida de la que somos inequívocamente responsables, nuestra vida interior.

Sabemos que venimos al mundo con un anhelo infinito pero que nos perdemos por el camino; ¡nos distraemos con tantas cosas! Hoy, al fin, somos lo bastante mayores para poder ocuparnos realmente de nosotros mismos y crecer. Esforzarnos por satisfacer, en la medida de lo posible, ese anhelo infinito: nuestra loable e incansable búsqueda de la felicidad.

 


Magda Catalá
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