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Reflexión sobre el papel del enseñante
 




A la hora de colocarnos ante nuestros grupos para impartir las clases de yoga, tai chi, qi gong u otras disciplinas corporales que guiamos, nos encontramos con la actual necesidad social de llenar un espacio de autoconocimiento y de ir más allá. En su gran mayoría, los alumnos no se limitan ya a realizar asanas sino que cada vez más demandan espacios de reflexión, de silencio, de indagación donde profundizar en la verdad que son.

Por ello, hoy en día, ser profesor de yoga no puede limitarse a mostrar una serie de posturas que los alumnos copian o a convertir las clases en sesiones de gimnasia suave, enjabonamientos para el ego del profesor, sin implicación, amor o transmisión.

Nuestra responsabilidad como profesores, como personas que amamos la bella enseñanza que se nos ha proporcionado y que formamos parte de la línea esencial que se remonta desde el principio de los tiempos -siempre hubo alguien que se pregunto quién soy y cómo puedo aportar siendo-, es dotar de herramientas a las personas que nos cuestionan y comprometernos a enriquecer nuestra formación para ofrecer las alternativas que la carencia social nos demanda.

Debemos realizar nuestro propio viaje personal, nuestra propia transformación, muerte y renacimiento; antes de enfrentarnos a la ingente tarea de ayudar de verdad al Otro, de corazón, aceptando y abrazando todo lo que es. Nuestra tarea es integrar el cuerpo, la mente y el espíritu. Conjugar una síntesis entre ellos para ser seres completos que pueden transmitir complitud.

A través de la práctica personal, trabajamos nuestros cuerpos, sanamos nuestras mentes y descubrimos nuestro espíritu. De este modo, sólo encarnando la sabiduría que se desprende de la experiencia y únicamente desde ese espacio, se produce el milagro de la transmisión, porque la experiencia se incorpora al corazón -el lugar de la verdadera sabiduría- y un corazón que habla siempre es escuchado por los otros corazones, ya que en realidad es un solo Corazón el que habla y escucha en esa comunicación.

Debemos rendirnos a la evidencia de ser instrumentos, de ser canales; ante nuestros grupos no habla el ego sino el alma, no dirigimos sino que guiamos y no imponemos sino que proponemos. No somos nosotros, en última instancia, quienes hacemos nada, sino que somos hechos en el mismo acto de transmitir, de amar, de cuidar, de acompañar... porque ahí es dónde encontramos quiénes somos y cómo aportamos siendo.

Nuestro deber, pues, en tanto que transmisores y traductores, es tender puentes y ser intérpretes entre la tradición y la realidad social, actualizando y haciendo comprensible sus formas y su lenguaje. Para ello nuestra práctica ha de ser un forma de vida, nuestro compromiso debe ser constante y nuestra formación, enriquecida.

Estamos ante la crisis, ante el gran reto del presente, estamos ante la gran oportunidad de abandonar el modelo global del egoísmo y la destrucción, ante el umbral de la superación del ego para la asunción de la compasión y, como formadores, debemos anticiparnos a ese cambio y encarnarlo ahora para facilitar el tránsito con el menor sufrimiento posible para todos y plantar las semillas de bondad, compasión, alegría, paciencia y sabiduría que germinarán en el futuro.

La situación actual, global e individual -la misma, en definitiva-, impone un nivel íntegro de formación, un viaje de ida y vuelta de fuera a adentro y a arriba y desde allí a abajo y hacia afuera en el compartir, una síntesis de formación desde la que podamos satisfacer la demanda social de los cuerpos que necesitan vivenciarse y relajarse, de las mentes que desean conocerse y optimizarse y del espíritu cuyo anhelo es visible en cada acto humano, en la necesidad de silencio, encuentro y trascendencia que caracteriza nuestra esencia más profunda.

Al igual que el camino recorrido durante los años de formación guiados por la mano amorosa y sincera del maestro, nuestro deber es acompañar de la mano a nuestros alumnos en su proceso de crecimiento. Nuestra misión es, igual que nos han inspirado a nosotros, ayudar a nuestros alumnos a encontrar el maestro interior, la voz de la sabiduría que habita en nosotros tras el silencio. Ése es el compromiso que adquirimos al entrar a formar parte de la gran familia yóguica, de la humanidad completa en realidad, de todos los seres sensibles del universo. Ése es el servicio que venimos a cumplir. Y en este sendero la responsabilidad es ineludible, al igual que la entrega.

En realidad, creo que somos profesores de yoga (o de otros caminos de crecimiento) para hacer felices a los demás, ya que éste es el modo más efectivo y rápido de conseguir nuestra felicidad. Recordemos, pues, nuestra misión, responsabilicémonos de ella y entreguémonos en alegre sacrificio -hagamos sagrado, sacro, único- cada segundo que pasamos en compañía de nuestros alumnos, porque lo que circula entonces entre nosotros es el hálito infinito de Aquél que mora en el silencio y la luz, más allá de dualidad y las sombras.

Om shanti

 

Arantza Corrales
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