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Espejos
 



Los anales de los T’ang nos dicen : “El hombre se sirve del bronce como espejo. El hombre se sirve de la antigüedad como espejo. El hombre se sirve del hombre como espejo”. La búsqueda de la pureza del alma, del espíritu nítido, la reflexión de uno mismo sobre la conciencia, todo ello apunta directamente al espejo. Al corazón, el verdadero centro del ser humano.

A los hombres siempre nos han fascinado los espejos por lo bello que vemos en ellos. Lo bello que por reflejo hay en nosotros. Platón nos diría que el alma, por su aspiración, acaba por participar de esa belleza que tanto anhela reencontrar y a la que se abre con todo su ímpetu.
Brillar reside en la naturaleza del espejo. Pero el espejo lo refleja todo y así cuando está bien hecho, recibe sobre su superficie pulida los rasgos de aquél o aquello que se le presenta o bien puede también oscurecerse por el velo de la ignorancia y llenarse de polvo y herrumbre.

La ilusión de podernos apropiar de la luna en el agua nos lleva a empañar el espejo. Y es bien lógico. ¿Quién no quiere para él solo la belleza que entraña ese reflejo lunar? ¿Quién no quiere para sí todo el amor de su amada?
Los textos hindúes nos recuerdan que “la luz se refleja en el agua, pero de hecho no la penetra”.  Y en esa pasividad del agua adormecida, que refleja las cosas sin ser afectada por ellas, en esa inacción de no querer retener lo que es de la vida y hacia la vida tiene que volver está el camino de vuelta a casa, el eterno retorno a lo esencial. Entonces el espíritu se torna luminoso, como corresponde a su naturaleza, y lo oculto se manifiesta. El Misterio se revela. Y la luna, que permacece prisionera de lo temporal, iluminada por el espíritu puro se libera.
En el museo de Hanoi, sobre un espejo chino se lee “como el sol, como la luna, como el agua, como el oro, sé claro y brillante y refleja lo que hay en tu corazón”.
Símbolo de los gemelos; de ese desdoblamiento que nos permite vernos fuera de nosotros mismos; del eco de divinidad que brilla en la naturaleza del hombre; reflejo de lo que habita tu corazón; emblemas de la verdad; imagen de lo que la ignorancia no te deja ver o quizás no quieres ver; maestros unos de otros, el universo existe sólo en la relación, en el vínculo. En el diálogo amoroso y sincero. Buscando ese acercamiento a la autenticidad del corazón.
Viendo un regalo en tu compañía; cultivando una nueva mirada mucho más bondadosa sobre nosotros mismos y sobre el mundo; sembrando en tu conciencia semillas de evolución; en el dar y el cuidar somos manifestación de un corazón puro y libre.
Espejos unos de otros.
Resonancias de lo divino.
Espejos del universo.

 

 

Josep Amat
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